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Escribir una leyenda

La adolescencia ha entrado en casa y con ella el misterio. Dicen los expertos que en esa etapa los jóvenes afianzan su personalidad y se reafirman. Casi nada. Aceptamos pues que la tarea vital se centra en grandes retos y que lo cotidiano pasa a un segundo plano, a un tercero o sencillamente desaparece del plano. Cosas que estaban en un sitio ya no están a pesar de que la persona implicada asegura que “la dejé aquí” -señala con el dedo-; prendas de ropa por estrenar han desaparecido y sólo queda la bolsa de la tienda vacía. El bolígrafo, libro, libreta…se ha esfumado. Por no hablar de los protagonistas principales: cargadores de móvil, llaves y monederos.

Hay una serie de movimientos mecánicos y rutinarios en el peor sentido de la palabra que nos hacen olvidadizos. Llevamos una prenda a la lavadora pero de camino alguien reclama nuestra atención o nos detenemos a hacer otra cosa. En cuestión de minutos la prenda de ropa ha desaparecido porque la hemos abandonado con prisas y  ha resbalado cayendo en una zona fuera de nuestra vista. Sacamos un sobre de manzanilla para prepararnos una infusión y mientras buscamos la taza, rellenamos el agua, la calentamos…el saquito se ha esfumado. Miramos y remiramos y al final optamos por sacar otro. Al cabo de un rato lo encontramos en el cajón de los cubiertos. Estas cosas pasan y mucho.

Los calcetines merecen capítulo aparte (Hablemos de calcetines, Emparejar calcetines). Otro elemento díscolo es el de las cucharas de postre. Hace tiempo que hago el siguiente ejercicio: periódicamente cuando vacío el lavaplatos y ordeno los cubiertos aprovecho para contarlos. La cubertería de diario la adquirí en una tienda donde sé que siempre la tienen y puedo ir incorporando piezas. De entrada compré tres cucharitas más de postre por si acaso. Pues no hay manera de mantener estable el número. Siempre una o dos bajas y… vuelta a reponerlas. Por contra hay algunas de origen desconocido. Yo les tengo mucha manía y en casa se ríen. Ya no pueden ser de algún restaurante que nos las dejó para dar una papilla…eso ya pasó. Por supuesto nadie sabe cómo llegaron al segundo cajón de la cocina.

Hay pues desapariciones de juventud y otras, digamos, de madurez. Ambas probablemente coinciden en el olvido de las prisas. Pero existen unas pocas que no tienen explicación y que al cabo de los años siguen siendo un caso sin resolver. En nuestra familia, las dos croquetas sobrantes de la cena que reposaban en un plato, y que a la mañana siguiente no estaban, siguen dando mucho de que hablar. Compartíamos la casa de verano con mis tíos, primas y abuelos. Las famosas croquetas de mi abuela eran muy apreciadas. Quedaron dos que se dejaron en un pequeño plato encima de la nevera (entonces los frigoríficos eran bajos y anchos). Han pasado cuarenta años y cuando nos reunimos la familia sigue especulando sobre las croquetas desaparecidas. Ningún sospechoso ha confesado todavía alimentando así el misterio de las cosas que desaparecen sin salir de casa.

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