cargadorEsta semana se celebra en Barcelona el Mobile World Congress, un gran escaparate de tecnología y de novedades del sector de la comunicación móvil que atrae a visitantes de todo el planeta. Y mientras en la feria se presentan los nuevos y más avanzados aparatos y sus aplicaciones en mi casa siguen sin resolverse algunos problemas cotidianos relacionados con los móviles. Resulta que cada uno en casa, excepto el benjamín, tiene uno. Ya llegará el día en que su anhelo de tener uno propio se haga realidad y no tenga que ir pidiendo a los demás para jugar un rato. El caso es que cada persona atiende a su móvil y procura cargarlo cuando está en casa (constato que a mejor modelo menos duración de batería). Eso crea situaciones pintorescas y polémicas. Los cargadores están y no están y nadie sabe nada del ajeno desaparecido.

Las rutinas personales nos llevan a conectar el teléfono en la cocina, en el baño, en la mesa de trabajo o en el salón. Los adolescentes de casa desenchufan lámparas y aparatos para conseguir reponer la batería de su móvil ajenos a lo que pueda conllevar esa desconexión de enchufes. Cuando les toca irse -habitualmente con premura- estiran sin piedad de los cables y los dejan huérfanos conectados a la red. Esa terminal que cae lánguidamente nos inquieta a los progenitores, educados en el temor a los peligros de la electricidad. A los jóvenes parece no importarles, tampoco la proximidad del agua, aún a sabiendas de que puede acabar con la vida de sus preciados teléfonos.

En principio, cada persona tiene el cargador de su móvil. En la práctica, se intercambian cada dos por tres. Las visitas aportan los suyos y aprovechan la estancia para cargarlos aunque sólo sea unos minutos. Mis hijos hacen lo mismo cuando van a otras casas. La consecuencia de tal trasiego es que tanto faltan cargadores como hay de más. La adicción tecnológica hace perder las normas básicas de educación y aquí lo de pedir prestado ha pasado a mejor vida y funciona el instinto de supervivencia. Y cuando tú acudes a tu posición en la casa para recargar la batería, el cargador ha desaparecido. Es inútil preguntar “¿quién ha cogido mi cargador?” porque la respuesta más habitual es que otra persona se queje de la desaparición del suyo.

He probado estrategias diferentes para despistar y conservar mi cargador a salvo, desde marcarlo con un discreto indicador hasta esconderlo bien escondido (siempre, siempre lo encuentran). No creo que a las compañías les interese prescindir de los cargadores porque está claro que son un gran negocio. Pero quizá llegue un día en que desaparezca de casa ese molesto enjambre de cables y no hablemos de ellos; en que las baterías se repongan de forma “mágica”; en que nadie necesite dormir con su móvil pegado a la almohada (y evitar así dañinas interferencias en el descanso nocturno). Y entonces también podrá uno irse de viaje más ligero de carga.

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