cristalesAntes vivíamos en una casa sin terraza. El salón tenía varias ventanas consecutivas que permitían que entrara mucha luz. La estancia era alegre y esa línea de cristales conformaba nuestra pantalla panorámica al mundo exterior. Desde allí veíamos una bucólica torre abandonada con su jardín asilvestrado -después vendría una comunidad okupa, la demolición del edificio o la invasión de coches que usaban el descampado como parking-. La parte central del ventanal no tenía apertura. Eso dificultaba la limpieza porque el brazo no daba para más pese a los constantes estiramientos. Acabé envolviendo un paño en una escoba para llegar a esa zona.

Era un clásico -no fallaba- que justo cuando tenía todos los cristales limpios, el cielo descargara lluvia o los vecinos de arriba se pusieran a regar sin escatimar agua. Esta fluía en forma de catarata y por temas estructurales acababa rebotando en el salpicadero de mis ventanas para finalmente impactar de nuevo en los vidrios recién limpios. Cuántas veces me contrarié por ello.

Estos días estamos los seis de casa confinados, salvo nuestra hija, que sacó el MIR en enero y  que ya ejerce tratando a enfermos de coronavirus. Me comentaba este fin de semana que ve en redes sociales que durante esta reclusión la gente muestra mil habilidades artísticas y que ella no destaca en ninguna. “Tú salvas vida”, le contesto. Me mira y sonríe. Eso es algo muy grande. Gracias a todas las personas que estáis trabajando a destajo, con entrega y alegría para hacer frente a la pandemia. Cuando todo esto pase, seguiremos mostrando gratitud y cariño -la memoria no puede ser corta de ninguna manera- y apoyaremos vuestras demandas laborales tantas veces desoídas.

Volviendo a los cristales, me comenta nuestra médica que hay varios ejercicios de brazo adaptados hoy a temas domésticos. Parece ser que la limpieza de vidrios fortalece mucho nuestras extremidades superiores. Nuestra actual vivienda tiene una terraza modesta pero que “nos está dando la vida” en estas jornadas. Por ella “paseo”, uno de nuestros hijos hace deporte con su bici, otros toman el sol, hacemos aperitivos, aplaudimos a las ocho…Utilizamos el pequeño banco de madera para acomodarnos a realizar llamadas. Ahí me siento a leer, a hablar, o simplemente a mirar. Contemplo los edificios de enfrente y por los lados hasta donde la vista alcanza. El patio de manzana lo ocupa un pequeño hotel de una planta. Así que también veo su azotea y la zona de recreo, un mini golf de césped artificial. El canto de los pájaros ha vuelto a la ciudad y ese paisaje verde tiene reminiscencias de una naturaleza de proximidad.

Hace días cogí la escalera y limpié los cristales de toda la casa, por dentro y por fuera, con ímpetu -desconocía aún el potencial-. Como hacía viento, subí los toldos que nos protegen del sol hasta arriba. El día siguiente amaneció lluvioso – es lo que tienen los clásicos- y el vaivén del faldón del toldo se encargó de devolver insistentemente gotas a los cristales de las vidrieras limpias. Fue un momento de regreso al pasado, a la casa que habitábamos veinte años antes y donde el tema de los cristales era una de mis obsesiones.

Ayer lucía el sol y volví a repasar los ventanales. Esta vez añadí unas gotas de amoniaco perfumado al barreño con agua. Utilizo siempre una gamuza especial para todos los vidrios y espejos de casa y después los acabo de secar con un trapo blanco, de esos que salen de viejas sábanas troceadas para tal uso -¿Se sigue haciendo?-. Más tarde sentada en el sofá miraba la tarea y el reflejo del sol me mostraba nuevas imperfecciones. Qué difícil conseguir la transparencia total en un doble cristal. Intuyo que esta misión va abonar el reforzamiento muscular.

Me sentí observada mientras me esforzaba con los cristales. Los vecinos del otro lado disfrutaban entonces del sol que nos llega a nosotros por la tarde. Y yo los veía reflejados en mi puerta corredera. Horas más tarde, mientras hacíamos una vídeo llamada a cuatro, vi como cuatro personas de esos bloques de casas sacaban sus manos con sendos trapos y limpiaban los cristales de sus ventanas: un hombre y tres mujeres. Una de ellas lo hacía desde una galería cerrada y por más que trazaba con su brazo amplios círculos, no podía acceder a toda la superficie. Me habría gustado gritarle mi viejo truco o mandarle un emoticono de esos de brazo forzudo.

Anteriormente no había detectado ese furor por los cristales limpios en el vecindario. Es verdad que nunca habíamos mirado tanto por la ventana. Si corre la aplicación fitness, incluso puede ayudar a repensar las tareas del hogar en clave positiva. Y eso es una buena noticia.

Deseos que estéis en casa, sanos y salvos