auriculares-vietaMe preocupa la creciente presencia del verbo “robar” en el vocabulario de la familia. Mayoritariamente conjugado en pretérito perfecto -ese pasado tan cercano- y en frases interrogativas o exclamativas: “¿Quien me ha robado…?” u ¡Otra vez me ha..!”. El hurto se ha instalado en nuestra vivienda y nadie queda libre de culpa: porque cuando no ha sido uno ha sido otro. Siempre hay un acusado que acaba reconociendo la culpa amparándose en las prisas, el despite o la confusión sincera. ¿De qué estoy hablando? De auriculares, cargadores de móviles y cables varios.

Me incomoda la proliferación de material auxiliar a toda la tecnología cotidiana de comunicación. Tengo por costumbre enrollar y enrollar todo cable que veo tirado por ahí. Leáse, mesas de trabajo, encimera de la cocina o del baño, reposabrazos de sofás, a ras de suelo junto a muebles…Mi insatisfacción crece cuando el cable no sólo está abandonado a su suerte sino que además está conectado a la corriente. Hay que decir que esos hilos resistentes sí que son porque aguantan estirones que de solo presenciarlos duelen.

Supuestamente -vocablo también en alza en casa- cada miembro de la familia tiene su cargador de móvil, pero a la hora de la verdad hay pocos y muy solicitados. Tengo la suerte de tener un aparato algo obsoleto cuyo cargador no es compatible con otros aparatos de la familia. Así que enrosco el cable una vez usado y lo guardo siempre en el mismo sitio. Este es otro tema: ¿Dónde? Yo lo coloco en una cesta del baño y la única explicación que os puedo dar que tenga cierta lógica es que acostumbro a cargar mi móvil por la noche en un enchufe de este espacio.

Los auriculares sin más -definición para lo vulgar, lo simplón, en la familia- también van de mano en mano. Hay cantidad de ellos procedentes de viajes en tren o de comercios de baratillo. Suelen tener una vida efímera y acaban amputados y desvencijados. Así que también van muy buscados. Hay quien ha optado por cascos llamativos, grandes y coloristas, que no pasan desapercibidos ni queriendo a los ojos ajenos. Las baterías portátiles entraron en casa el año pasado. Una de mis hijas trabajó en el Mobile y el último día les regalaron unas cuantas. Han tenido un gran éxito y también se han convertido en imprescindibles para muchos, fomentando una vez más la rivalidad.

No me gusta tanto cable por casa, tanto auricular y tanto artilugio. Conviven viejos y nuevos, propios e importados (“me lo han dejado”) y cada vez son más. Los hay cortos, de una entrada o doble, redonda, plana, de colores. Me cuesta saber para qué sirve cada uno y me cuestiono si pasa algo si los elimino. ¿Llegará el día en que toda esta tecnología de uso diario no necesite de extensiones? Mientras escribo estas mundanas reflexiones -que redundan en las expresadas aquí hace un par de años (¿Dónde está el cargador de mi móvil?)-, mi hermano imparte clases en Silicon Valley, cuna y sede de las empresas de tecnología más puntera. Igual a la vuelta me trae respuestas.

 

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