¿No os habéis dado cuenta de que de repente en casa se funde una bombilla y el mismo día otra y al siguiente otra más?. Las casas son dinámicas y activas. Tras largos periodos de paz y estabilidad surgen imprevistos que suelen desencadenar procesos en cadena. Como el de las bombillas. Los últimos meses no había habido ningún incidente casero reseñable: no se había estropeado un electrodoméstico, deteriorado la pintura o roto un cristal. Ya tocaba.

Primero se fundió uno de los focos del techo de nuestro dormitorio. Cuando le di al interruptor, zas, un destello anunció que una de las bombillas alógenas se había fundido. Curiosamente ese mismo día detecté que una de las pequeñas luces que iluminan la campana del extractor de la cocina ya no funcionaba. Y ayer una de las bombilla de bajo consumo de una de las lámparas de techo de la habitación de mis hijas también dejó de funcionar. ¿Qué está pasando?.

Escuhé una vez a un experto en medio ambiente explicar que estos fenómenos están relacionados con factores ambientales como por ejemplo la falta de humedad. No sé si es así pero la simple observación doméstica me ha llevado a comprobar que estos episodios cuando se dan provocan el efecto naipe: cae uno detrás de otro.

La resolución del problema debe ser pronta y eficaz pese a nuestra resistencia a subirnos a la escalera y comprobar de qué tipo de bombillas se trata, mirar si hemos sido previsores y tenemos alguna de recambio y proceder al cambio. Nuestra natural pereza a solventar estos imprevistos de forma inmediata puede eternizarlos. No es recomendable. Al inconveniente de tener la lámpara fundida se suma la mala conciencia que nos provoca cada vez que lo vemos y sabemos que sigue pendiente.

Pronto os informaré de que en casa todas las bombillas vuelven a funcionar, que hemos encontrado el modelo y lo hemos sabido cambiar!

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