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a geranioMi hermano y mi cuñada, que viven en Milán, llevaban días explicándonos cómo estaban viviendo las medidas excepcionales, que afectaron a su zona y posteriormente a toda Italia, como consecuencia del coronavirus. Les veíamos a través de la pantalla, tranquilos y tremendamente concienciados. De hecho sus testimonios salieron en el telediario, cuando aquí aún vivíamos nuestras vidas con normalidad. Su ejemplo nos ha servido para entender desde el primer momento que esto va en serio, que la responsabilidad de cada uno suma en el resultado final y que quedarse en casa es un deber cívico.

El hogar es pues hoy más que nunca un privilegio y un refugio donde nos protegemos y protegemos a los demás. Acostumbrados muchos de los miembros de la familia a entrar y salir sin pensarlo ni un momento, la exigencia de permanecer en casa requiere un cierto esfuerzo. Ni que decir tiene que compensa sobremanera si con ello frenamos la expansión viral y aliviamos la saturación de nuestros hospitales.

Esta situación, que nos hace dudar de la realidad creyéndola una ficción, tiene que sacar lo mejor de nosotros. Tenemos que activar la tecla de convivencia con mayúsculas, la de solidaridad -es una prioridad atender a nuestros mayores, también a nuestros vecinos o conocidos que por razón de edad o de salud forman parte de grupos de riesgo- y  la de responsabilidad -en el consumo, en las salidas…-.

Nuestras casas se convierten en lugar de trabajo para muchos. Será una prueba y ensayo para la extensión de una práctica que algunos sectores pueden permitirse. Será también un ejercicio de compaginación de la vida laboral y familiar que admite múltiples fórmulas.

Es sin duda un momento para entender desde dentro la dinámica de la vida doméstica. Nadie puede mirar para otro lado. El ritmo de nuestros hogares con su abanico de facetas -limpieza, orden, intendencia, ropa, alimentación- es tarea de todos. Tenemos una excelente oportunidad para organizar las tareas y aprender. De las muchas cosas que uno puede hacer en casa hay algunas que redundan en el bienestar colectivo. Como hemos comentado muchas veces cocinar, planchar la ropa o limpiar el baño no son un castigo sino una inversión de la que nos beneficiamos.

Habrá tiempo estos días para acometer trabajos pendientes -ordenar armarios y cajones, limpiar a fondo ciertas cosas, archivar papeles, realizar ciertos cambios, acondicionar plantas…- de una forma más relajada de la que siempre tenemos y que hace que siempre las pospongamos.

En casa tenemos ahora más tiempo para hablar cara a cara, para compartir momentos de ocio -juegos, películas, manualidades, ejercicio físico, cocina…-, para que cada uno cultive su espacio -no necesariamente físico- y  estudie, medite, lea -no se nos acabarán las propuestas de libros-. También para llamar a nuestros amigos y compartir cada uno desde su casa esta experiencia que pasará.

Esta mañana daba cuatro pasos -literal- por mi terraza y veía cosas que normalmente no percibo. Sentía la ciudad de otra manera, el trozo de cielo que nos orienta sobre el tiempo que hace, vislumbraba la calle e intuía el ruido de algún autobús, repasaba los edificios vecinos y cruzaba miradas en la distancia con personas que no conozco -como ayer, cuando entre sombras, salimos a homenajear al personal sanitario-. He visto a mi sufrido limonero florecer y al geranio de mi abuela, que vive en esta casa desde hace cincuenta años, pletórico. Y he sentido que la vida se impone. Cuidaos. Un abrazo a todos desde casa.

 



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