Reloj de arenaParece ser que el actor escocés Sean Connery le comentó a su mujer en los inicios de los años setenta del siglo pasado que ya no iba a interpretar más al agente secreto británico James Bond, en cuyo papel llevaba metido una década. Quería explorar nuevos territorios interpretativos y que no se le identificara solo con Bond, James Bond. Sin embargo en 1983 Connery volvería a ponerse en la piel, ahora sí por última vez, del personaje de las novelas de Ian Flemming. Fue en Nunca digas nunca jamás, título acertado donde los haya, que viene a ser como el tradicional dicho nunca digas de este agua no beberé.

Cuando hace unas semanas nuestra hija mayor regresó a Nueva York donde está viviendo su sueño, se fue con la gigantesca maleta que trajo cuatro meses antes. Entonces nosotros ya estábamos confinados y en Estados Unidos las cosas empezaban a ponerse feas. Durante las dieciséis semanas que pasó con nosotros el maletón se convirtió en una especie de cómoda auxiliar del recibidor de casa donde dejábamos chaquetas u objetos varios. Los primeros días les sugerí a mi hija que vaciara el equipaje, que lavara las prendas o las guardara, según considerara. Pero ella determinó que todo se quedaba ahí tal cual.

Al principio ese bulto me incomodaba -bastante- pero con el tiempo dejé -casi- de percibirlo. Tras el confinamiento llegó el buen tiempo y en pleno verano nuestra hija regresó a América. Se llevó su maleta atestada de ropa de invierno y la entrada de casa se agrandó. Una amiga me preguntó, cuando le conté la anécdota, cómo había podido sobrellevar la presencia de ese trasto tanto tiempo sin haberme puesto de los nervios. Hay momentos en que la circunstancias exigen apearse de posturas férreas. Solo faltaría. Así que declaro haberme flexibilizado de buen grado del extremismo en temas de orden y limpieza.

Yo, que dejé constancia de mi poca inclinación por el vinagre y la lejía como productos de limpieza domésticos, también hago un Connery y donde dije digo, digo Diego. En Dulce hogar (Plataforma) escribía hace diez años -parece que es el periodo adecuado para desdecirse-: “El olor a lejía y a desinfectante, aunque pueda denotar limpieza, dejémoslo para gimnasios y piscinas”. La pandemia ha abierto las puertas de par en par a la lejía. La compro en gel con aroma de limón -eso sí- pero está siendo un elemento esencial en la higiene de casa en los últimos meses. Como el vinagre para el hogar al que tenía aversión desde la infancia porque me recordaba los paños humedecidos que me ponían en la frente para aliviar una insolación. El vinagre de limpieza abrillanta la grifería y elimina los restos de cal en cocina y baños con mucha eficacia. Bienvenido.

La relatividad pues no está puesta en cuestión. Cuando el mundo se ha puesto patas arriba y nos hemos sentido privilegiados de tener una casa donde cobijarnos cualquier pequeña convicción personal puede ser cuestionada. “En este cuartito medio oscuro, al que vengo una o como mucho dos veces al año, estoy en mi casa”, escribe Theodor Kallifatides en el envolvente y apasionante Madres e hijos (Galaxia Gutenberg). El escritor griego afincado en Suecia vuelve a Atenas para visitar a su progenitora y  deja que nos colemos en el hogar familiar y que saboreemos los deliciosos platos que cocina su nonagenaria madre. Decir que uno se siente en casa es el mejor halago que te pueden hacer.

Los hogares ahora más vividos que nunca requieren nuestra atención y mantenimiento. Voy confeccionando estos días una lista que va creciendo de cosas que requieren actualizarse por el desgaste sufrido los últimos tiempos. Seguiremos limpiando, ordenando y cuidando de nuestras casas para mimar a los que viven en ella y proporcionarles esa atmósfera que uno interioriza aunque hayan pasado cincuenta años. “Las casas no son lugares físicos, son atmósferas que nos acompañan de un lugar a otro”, apunta Karmele Jaio en su novela La casa del padre (Destino).

Durante una década he nutrido este blog con cerca de quinientas entradas en las que he compartido con vosotros mi vida doméstica, lo prosaico y práctico y también lo sentimental e intangible. Fue novedoso crearlo. No lo habría conseguido sin el soporte técnico de mis amigas Belo y Lourdes. He disfrutado manteniéndolo durante estos años. Ahora lo dejo en la red, como la maleta de mi hija en la entrada, para que quien quiera lo pueda usar de comodín. Gracias a todas y a todos los que os habéis “paseado” por aquí.