acojinesLos hogares de los amigos de nuestros hijos aparecen en ocasiones en primer plano en el nuestro sin quererlo ni buscarlo. Las informaciones e imágenes que comparten entre ellos vuelan a altísima velocidad de una casa a otra, de una ciudad a otra e incluso sobrevuela continentes de forma instantánea. Incomoda a veces tanta transparencia. Entonces les digo: “No quiero saber más”. Intuyo que igual que a las pantallas de la familia llegan reproducciones textuales, sonoras o pictóricas de intimidades ajenas, a esas viviendas llegan partes de la nuestra. Y es inútil levantar la mano para contextualizar la situación, aclarar el “corte” enviado o matizar. Afortunadamente todo es muy efímero.

Confieso que estas pasadas fiestas disfruté con una escena doméstica que me hizo reír hasta las lágrimas. Aparece en un grupo de whatsapp de amigas de mi hija la voz de una de ellas relatando la increíble experiencia que le ha tocado vivir esa mañana, “¡ a las ocho de la mañana!”. Cuenta que comparte habitación con una hermana extremadamente ordenada que no sabe salir de casa sin primero hacer bien la cama –la entiendo-. “¡Y mirad lo que se pone a hacer!”, les dice ( La imagen no permite ver nada. La luz de la habitación está apagada en deferencia a la hermana que supuestamente aún dormía pero que es la que está grabando). En medio del silencio de la estancia se oyen unos golpes fuertes, secos, continuados. Una de las integrantes del grupo pregunta: “¿Estáis de obras?”.

No, nada de obras. “¡Es mi hermana dando golpes a los cojines de su cama para que tengan buena forma!”, aclara indignada la voz -omito aquí las palabrotas-. A mí me da la risa. Me parece genial. Visualizo -y empatizo-  la entrega enérgica de la que ahueca los almohadones y también la cara de incredulidad de la que está grabando acurrucada en su cama, incapaz de entender semejante acto vandálico. Por supuesto, mi hija se apresuró a decir: “Mi madre hace lo mismo”. Y me alegré porque aunque ella respaldaba a su amiga también estaba diciendo a la hermana parodiada que no estaba sola.

Un par de días más tarde mi otra hija me enseña un vídeo de una influencer que explicaba en las redes cómo celebraban en su casa las fiestas. Me muestra un vídeo de una mujer joven, que explica orgullosa cómo después de Nochebuena recogió la casa y la dejó como si no hubiera pasado nada. La última escena transcurre frente a su amplio sofá blanco. Allí la vemos golpeando con brío los cojines del respaldo y del asiento. Se oye una voz masculina que pregunta “¿te parece normal?”. El reloj de la cámara señala que son más de las cuatro de la madrugada.

Ahuecar los cojines para que el relleno interior se reparta por toda la funda y pueda lucir mejor aspecto es un acto pequeño, modesto y diario. Para algunos una necesidad. La moda de los cojines ha hecho que a la hora de poner orden en sofás y camas les dediquemos algo de tiempo para darles forma y también para colocarlos con cierto orden y concierto. El tema del relleno es importante. Ahora, en época de rebajas, podemos renovar aquellos que han perdido cualidades por el uso. Si bien es verdad que los rellenos más rígidos evitarían tanto ejercicio de brazos no son la mejor alternativa. La gracia de los cojines y almohadones es que sean cómodos y flexibles aunque luego haya que ahuecarlos -o no-.