Lo natural

Lámpara Lo natural

Siempre me ha provocado una gran fascinación el descubrimiento de un nido perfectamente armado escondido entre las hojas de un árbol o en cualquier recóndito lugar. El nido que ampara y resguardada, que no se exhibe. Me sorprende el minucioso trabajo que las aves realizan transportando con su pico ramas, hojas o plumas hasta formar una cesta artesana donde incubar y proteger a sus crías. Por eso me parece muy acertado referirnos a nuestras casas, a nuestro hogar, a nuestro refugio, como un nido. Su construcción es fruto del instinto de cuidar y dar cobijo.

Hace unas semanas una de nuestras hijas se fue a vivir fuera y en otras pocas lo hará su hermana. Nos quedamos con los dos chicos. De pronto todo cambia. La familia y el ritmo de seis se reduce a cuatro. Explicamos con orgullo el motivo de estas bajas: ellas se van fuera a estudiar, a completar sus carreras, a hacer aquello que anhelaban y que seguramente determinará su futuro profesional. Son inflexiones importantes en sus trayectorias vitales. Las felicitaciones que recibimos estos días van acompañadas de la pregunta sobre cómo llevamos lo del nido vacío.

Se habla del síndrome del nido vacío para referirse a la “enfermedad” que podemos padecer los padres cuando los hijos se van de casa. Equiparar sensaciones varias, todas humanas y muchas contradictorias, a una patología me parece excesivo. Soy novata en este campo experimental pero siento que los calificativos que más definen lo vivido son normalidad y adecuación. Normalidad porque sabías que esto llegaría, lo has visto a tu alrededor, es un ciclo que se repite. Y adecuación porque uno debe ajustar de otra manera la relación y la comunicación.

Recuerdo que cuando estaba embarazada de mi primera hija, ya próxima la hora de dar a luz, temerosa de afrontar el parto, me decía a mí misma que si tantas mujeres habían podido hacerlo, yo también podría. Este argumento me funcionó como refuerzo positivo. Ahora un poco más de lo mismo. En los últimos años hemos hablado frecuentemente con amigos de los hijos ya mayores, que se van de casa, que construyen su hogar lejos o muy lejos, solos o acompañados. Comentamos con ilusión sus proyectos y también expresamos cuánto los vamos a echar de menos. Normal.

He constatado como la vivencia de hogar te acompaña allí donde vas. Mi hija ha transportado algunas cosas para sentirse como en casa en su nueva habitación. Ha buscado la ropa de cama y las toallas que definen su estilo. Se ha llevado la lámpara de madera que le hizo un amigo, unas cuantas fotos, unos libros, su caja para guardar objetos y dos plantas. Me dice que añora uno de los cojines que tenía en su cama, que no acaba de encontrar uno igual de cómodo. Ha comprado algunos artículos de uso cotidiano para personalizar el espacio que ocupa ahora en otra ciudad. Ha construido su nido.

Mientras, yo me ajusto a las nuevas circunstancias, emocional y prácticamente. No es lo mismo la compra y la organización de las comidas con dos miembros menos. Cambian los horarios, sujetos a las agendas de cada uno, y el manejo del tiempo. Hay menos volumen de ropa y los armarios se vacían. ¡Increíble! Nos adecuamos a lo que tenemos. Hay quien hace realidad el sueño de una habitación propia. Nuestro hijo pequeño ocupará gustoso el cuarto de sus hermanas y lo hará suyo.

Estos días aprovecho para tareas mundanas y ahora más accesibles como limpiezas a fondo, orden y organización respetando la esencia. Uno no borra de un plumazo la historia personal ligada al hogar. En casa conviven cosas de unos y de otros y de los que nos precedieron en la familia. El poso de esos objetos habla de nuestra particular historia. Ahora el hogar se vacía en parte pero permanece aquí y se extiende a nuevos lugares donde adquirirá nuevos aires. Y así se perpetúa el nido en el que nos reconocemos.