Tus pasos en la escalera (Seix Barral) es el sugerente título de la última novela de Antonio Muñoz Molina, que una vez más ha conseguido cautivarme con su narración y su  personal estilo de contar las historias. Hace un par de días le escuché en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona. Pensé que en este caso el autor y su escritura eran esencialmente lo mismo. La transparencia, la sencillez y a la par la hondura del discurso, la racionalidad y el análisis pero también la exaltación y la celebración de la vida y los sentimientos, los “grandes” temas y los de cada día… Todo cabe y fluye en esta obra que habla mucho de hogar.Un hombre acaba de trasladarse de casa. Ha dejado Nueva York para instalarse en Lisboa. Invierte las horas y los días en la adecuación de su nueva vivienda para que todo esté listo cuando llegue Cecilia, su mujer. El lector se convierte en espectador de ese hogar en reconstrucción. Observa los diferentes trabajos de los operarios, el desembalado de las cajas con los objetos de la antigua casa hasta la limpieza final del piso, que realiza Cándida y cuyo resultado -visual y olfativo- percibimos a través de las páginas. A hurtadillas habitamos ese espacio real e imaginado, íntimo, el hogar de otro.

Explicó el autor en el acto de la Biblioteca Fuster que cada vez le interesa más la literatura de la materia, la que describe lo cercano, lo cotidiano. Y esta novela es una explosión de todo ello. Uno acaba sintiendo la brisa o el calor sofocante de la casa, sita en una recóndita calle de Lisboa; percibiendo la textura de las sábanas recién lavadas y de la colcha perfectamente extendida; contemplando los lomos de los libros de la biblioteca, en el pasillo, que ilumina la luz natural cuando entra por el balcón o la terraza, según la hora del día; inhalando el olor de la pastilla de jabón entre la ropa o el de las flores frescas en los jarrones.

Te acomodas a esperar, como el protagonista, en la butaca del salón o en una silla en la terraza junto a la mesa pintada de azul. Oteas el cielo, los aviones que pasan tan cerca de las casas, la ropa al viento tendida en otras terrazas, pinceladas de otras vidas vecinales… Hueles el café molido, las naranjas exprimidas, el pan…Te has metido en esa casa que no es tuya pero que de tanto “visitarla” ya reconoces. Sientes cierto pudor al comprobar que el baño está impoluto, que la ropa está bien colocada en el armario, que la almohada es la de siempre, que las figuras de golondrinas que el operario ha fijado en el cabecero de la cama están bien dispuestas como manada en vuelo.

Leo en mi hogar y oscilo de una casa a otra gracias a la magia poderosa que tiene la literatura con mayúsculas. Resulta emocionante sentir tan cerca esas rutinas -acalladas tantas veces-  que suceden a diario en nuestros hogares, ennoblecidas por la escritura. Vinculadas a una biografía, a una ciudad, a un paisaje, a unos recuerdos, a unas fantasías, a unos miedos… forman parte del fluir de una vida

Cuando espero en casa la llegada de los míos a la hora de comer puedo percibir su inminente presencia por el ruido lejano del motor del ascensor que me avisa esta vez con certeza -y no tantas otras durante el día- que parará en nuestra planta. En una vivienda anterior, oía en mi interior la vibración de la puerta del garaje cuando se abría y se cerraba activada por el mando a distancia. Vivíamos cuatro pisos más arriba y nuestra casa estaba justo al otro lado del acceso al parking, pero yo sabía cuando llegaba mi marido. Sumergida en la lectura de Muñoz Molina he sentido el silencio y los sonidos de la casa en Lisboa. Ha sido una experiencia hogareña maravillosa.

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