iRobot Roomba

iRobot Roomba

Leo a Miquel Molina en su “Blues urbano” dominical en La Vanguardia (11-11-2018). Recoge la evolución del término “ciudad inteligente” desde que empezó a aparecer hace casi veinte años hasta nuestros días con motivo de la reciente edición en Barcelona de la  Smart City Week. En el encuentro se ahondó en las diferentes vertientes que engloba ese concepto. Apunta también el artículo que en Madrid la exposición Glass room experience plantea los problemas que la tecnología puede generar al invadir nuestro derecho a la privacidad. Me da que pensar el hecho de que pueda ocurrir desde un inocente electrodoméstico doméstico.

Parece ser que un robot de limpieza tiene la capacidad, cuando no estamos en casa, de cartografiar nuestra vivienda y de enviar esa información a un banco de datos. Glups! Me quedo impactada y pienso que podría dar pie a una película de ciencia ficción. Recuerdo entonces la lectura en mi etapa universitaria de los libros de Alvin Toffler y de cómo aquellas predicciones que hacía sobre el avance de la tecnología en nuestras vidas parecían de otra era. Muchas de ellas se han ido haciendo realidad. Y efectivamente estamos en una nueva época, la tecnológica.

Son muchos los aparatos que han ido entrando en nuestras casas con la finalidad de hacernos la vida más fácil. Los hornos, neveras, lavavajillas, aspiradoras, lavadoras, alarmas o televisores de última generación incorporan prestaciones que buscan la eficacia, el ahorro energético, el bienestar ambiental, personal…Las diferentes empresas quieren conocer el perfil y las necesidades de los usuarios para perfeccionar sus productos. Y ahí es cuando la información de nuestros datos adquiere valor.

Recientemente un amigo nos contaba con estupor como su navegador del coche le “decía” que le llevaba a casa cuando él no había dado ninguna indicación. Comprobamos a diario que los datos que usamos en la red nos vuelven procesados y reprocesados de forma tenaz y persistente en forma de reclamos publicitarios relacionados con alguna actividad que hemos realizado en Internet. El ordenador de casa y cualquier aparato conectado a la red ofrece información sobre nuestra ubicación, hábitos y costumbres.

Acudo a mi hermano, experto en estos temas, para que me clarifique las cosas y así apaciguar la inquietud que me genera pensar que nuestra casa, nuestro refugio, puede no serlo tanto. La GPDR (General Data Protection Regulation) que entró en vigor el pasado 25 de mayo es la nueva normativa europea -me explica- que marca el uso de nuestros datos. Las empresas necesitan nuestro derecho explícito para utilizarlos y se les exige máxima transparencia.

La GPDR ampara nuestro derecho de acceso (conocer el uso y finalidad de los datos), de olvido (solicitar que los borren) y de portabilidad de los datos (obtenerlos para cambiarlos de compañía, por ejemplo). Está en nuestras manos pues ceder o no información en función de la confianza que nos de la compañía. La nueva era nos interpela a ser usuarios responsables y a ejercer el control sobre la privacidad (somos nosotros quienes permitimos o no). Nuestros derechos digitales están más claros con la nueva norma. De forma consciente -hay que tener tiempo para leer y conocer- podemos beneficiarnos de las últimas ventajas tecnológicas, también en el hogar. Me gusta pensar que en casa somos nosotros los que abrimos y cerramos puertas y ventanas y no un robot.

 

 

 

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