AabolsaComo en tantas otras actividades domésticas, cada maestrillo tiene su librillo en la manera de hacer el equipaje. Las rutinas, las costumbres familiares heredadas, el “de toda la vida”… tienen mucho peso en el hogar y los cambios solo se introducen si la evidencia de mejora respecto a la tradición es aplastante. Es también determinante la fuente, es decir, la persona que nos presenta la variante. La familia y los  amigos son gente de fiar en este sentido. Comparten su experiencia, aparentemente menor, con confianza, en aras a facilitarnos la vida. Fue así cómo llegó aire nuevo.

El verano ha tenido varios momentos de empaquetar cosas. Uno de mis hijos se iba de ruta por Europa tres semanas con una mochila a la espalda. Ahí debía caber todo. Había mucha cosa para poco espacio. También el último día de vacaciones me esmeraba en comprimir los restos del verano en tres maletas pequeñas. Aparentemente solo un número de magia podía solucionar el rompecabezas. Pero fue posible. De mi hija Sofía, experimentada viajera, vino el cambio.

La ropa doblada cuidadosamente y dispuesta según mi personal criterio -por categorías, tamaños…- ocupaba demasiado, sobre todo la ropa de casa. El último día lavé y doblé dos mantas ligeras, necesarias para el verano en la montaña, que por sí solas llenaban toda la cavidad. Fue entonces cuando mi hija tomó el mando y empezó a hacer rulos, como en su día hiciera con la ropa de su hermano para que entrara en la mochila. La ropa de algodón es especialmente manejable. De entrada me “dolía” el redoble de las prendas -algo parecido a lo que me ocurre con el plegado vertical de Marie Kondo- pero atendí las explicaciones de mi hija y vi la evidencia: se ahorraba espacio.

Así me replanteo la forma de organizar el equipaje en el futuro cuando el espacio sea escaso -y lo es cada vez con más frecuencia por  las limitaciones de las compañías, por ejemplo-. Las previas a la elaboración de la maleta se mantienen: hacer una lista de  la ropa que vamos a necesitar, organizar y racionalizar por conjuntos y visualizar todo antes de introducirlo.

Es importante separar las prendas del calzado, del neceser y de otros objetos (libros, cables…). Las  cosas pesadas siempre van al fondo y lo más ligero arriba. Los zapatos encarados por el empeine, en bolsas de tela. Dentro se pueden introducir calcetines para que no se deformen y así aprovechar los huecos. Las esquinas son propicias para colocar cosas sueltas -medicinas, cargadores…- y el perímetro de la maleta es un buen lugar para ajustar los cinturones y que no cojan mala forma.

El neceser no debe ser un container de objetos, solo contener los esenciales en formato de viaje. En supermercados como Clarel hay un amplio surtido de productos de diferentes marcas. También hay la posibilidad de usar recipientes de plástico especiales para desplazamientos, que se encuentran en tiendas tipo Muji o Muy Mucho. Todo bien cerrado y aislado de la ropa. Es recomendable dejar espacio disponible para posibles incorporaciones, que la maleta o bolsa no vaya de entrada hasta los topes.

La mochila del viajero por Europa o las maletas del cierre del verano llegaron a casa retando la capacidad de la cadena de lavado de la ropa. Hace un par de años que incorporé la costumbre de que para esos casos siempre hay en casa una tarjeta -contiene euros y si se agotan se recarga- para acudir a una de las múltiples lavanderías autoservicio que proliferan en la ciudad –Fresh en mi caso-. Tienen la ventaja de que las máquinas de lavado y secado son de gran capacidad y los precios asequibles. De este modo consigo que en pocas horas no quede ni rastro de equipaje y que no se eternice la tarea de recolocarlo todo a su sitio.

Anuncios