Las ocho montañas

Llevamos casi tres décadas pasando nuestras vacaciones en la misma zona, en la montaña. Su paisaje impregna nuestros días de descanso y tiene un efecto balsámico, que actúa nada más llegar a estas latitudes. Dejamos atrás nuestra ciudad, desierta y tórrida en agosto, y nos sumergimos en un gran valle verde. La Cerdanya está apenas a dos horas de Barcelona pero cuando uno pasa el túnel del Cadí tiene la sensación de que está ya muy lejos de todo. Entonces se produce la ansiada desconexión, el relajo de las costumbres y el resurgimiento de las rutinas estivales.

Pocos días antes de venir hacia aquí el editor Claudio López Lamadrid me regaló una lectura de lo más adecuada para los que acudimos a las alturas a veranear. Se trata de “Las ocho montañas”, de Paolo Cognetti (Random House), que leí en dos días con fruición. La novela nos transporta a las Dolomitas, que son las montañas de culto y referencia para los milaneses. Me gustó todo lo que transpira el relato que cuenta la relación de amistad entre Pietro, que pasa los veranos en una pequeña localidad de la zona y Bruno, que siempre ha vivido en la montaña. Las cimas de los Alpes italianos marcan también las relaciones paterno filiales del protagonista. Siento que ha sido una excelente preparación para estas vacaciones.

La lectura me ha hecho pensar en cómo la vida en la ciudad o en la montaña conforma nuestra existencia, nuestro imaginario, nuestras prioridades e, incluso, nuestro carácter y nuestra forma de comunicarnos. En un momento dado Bruno señala: Sois vosotros, los de la ciudad, los que la llamáis “naturaleza”. Es tan abstracta en vuestra cabeza que también el nombre es abstracto. Nosotros decimos  “bosque”, “prado”, “torrente”, “roca”, cosas que uno puede señalar con el dedo. Y es verdad, qué diferente es nuestra aproximación de visitantes esporádicos.

Aunque urbanita, me gusta el campo y sus peculiaridades y especialmente el trato con las personas de aquí. A lo largo de los años he establecido vínculos y tradiciones como la que tenemos con Fina, que atiende en la carnicería Meya con excelencia. Hablamos de la vida, de esos meses que trascurren entre verano y verano, de comidas y también de lecturas. Ella siempre nos hace regalos gastronómicos y yo intento corresponder con un un libro que me ha gustado y que creo que ella también disfrutará. Este año ha sido el de Cognetti. En sus páginas hay algo universal de las relaciones que establecemos los de campo y los de ciudad y de cómo esa naturaleza que nosotros nombramos en genérico está ligada a momentos especiales de nuestra existencia.

Nuestra familia recupera estos días el gusto por el aire puro, por el silencio, por la vida más pausada, por los alimentos de cercanía, por los paseos…y sobre todo por la contemplación de este paisaje con la serranía del Cadí perfectamente delineada, como recortada y pegada, sobre un cielo azul y despajado. Es este un valle amplio y extenso, que según le explica a mi marido un escritor que lo conoce bien debe sus generosas medidas a la orientación este-oeste. Este fotograma privilegiado conforma nuestro hogar de verano. Y desde él os deseo a todos unas felices vacaciones.

 

Anuncios