PingruYa no sé si soy yo la que selecciono las lecturas o son los propios libros los que me escogen a mí. El caso es que acabo encontrando en ellos mundos que me gustan, nuevos o desconocidos, cercanos o muy distantes; historias que me interpelan, me desasosiegan o me pacifican. Siempre doy con el personaje, la expresión, la imagen, el diálogo… que expresa con brillantez pensamientos y sentimientos que llevo en silencio. Es una experiencia mágica e íntima, que apetece compartir con los nuestros.

La historia de Pingru y Meitang, de Rao Pingru (Salamandra) me ha parecido deliciosa. Su autor empezó a escribir los recuerdos de su larga  vida -tiene 96 años- y de su matrimonio cuando en 2008 murió Meitang, su mujer, después de sesenta años juntos. Pensó que calmaría su pena plasmar sus vivencias compartidas en unos cuadernos ilustrados con sus propios dibujos en tinta y acuarela. Sería un legado para sus hijos y nietos. Así nació este libro que habla de casi un siglo de vida, la de Pingru, que trasciende la Historia de China, que la atraviesa de fondo. Lo que queda es el día a día, las comidas inolvidables con sus olores y sabores, las prendas de ropa que resistieron el paso de los años, las estancias de las diferentes casas, los cuencos de sopa de la pareja… las anécdotas familiares, las penurias, las riñas y las celebraciones. La familia y el hogar.

Hay momentos y episodios que quedan grabados en nuestros espacios cotidianos, en los que los de casa reconocemos parte de nuestra historia. Los libros nos permiten adentrarnos en algunos ajenos, reales o ficcionados. Y descubrimos la universalidad en lo peculiar. Un amor, de Alejandro Palomas (Destino) nos invita a dialogar con su familia, a entrar en la casa de su madre, a compartir espacio con sus queridos perros, a sentarnos en el sofá y debatir sobre unos y otros.

El hogar tiene el alma de las personas que lo habitan, lo hacen suyo y al final lo dejan. Ordesa, de Manel Vilas (Alfaguara) nos habla de la dificultad de encajar esas ausencias cuando creíamos que algunas personas serían eternas. Hay recuerdos que se tejen a lo largo del tiempo y se sellan con algo concreto como las uñas pintadas de rojo de las manos de la madre o el silencio del padre ante la enfermedad. También ocurre con los lugares que habitamos: “Este apartamento me recuerda a mi vida”, dice el autor en una de las páginas.

Un hivern fascinant, de Joan Margarit ((Proa) es la poesía de la poesía. Desde la serenidad, desde la vida ya muy trabajada, las ciudades, las viviendas, las personas y lo que aconteció nos transportan de un lado a otro de la existencia. En uno de sus poemas, Margarit nos cuenta su visita al Fine Arts Museum de Boston -que también forma parte de nuestra historia vital, la de mi marido y la mía- donde contempla un cuadro de Gaugin. Es un viejo conocido. Sesenta años atrás, el poeta señala que tenía un póster que lo reproducía colgado en su habitación. Qué diferente resulta la lectura de la imagen ahora frente al original.

“El cuerpo es el hogar del corazón y éste la casa de aquellos que nos han amado y a quienes hemos amado a lo largo de nuestra vida”, reza la contraportada de El corazón de las nueve estancias, de Janice Pariat (Siruela). En él, nueve personajes nos acercan a una mujer a través de las relaciones que establecen con ella. Cada una está ligada a un espacio y a determinados objetos como las figuras de papel, un gato, unos muebles tapados en una casa desocupada…

En fin que los libros están llenos de hogar y el hogar de ellos.  Estos días más que nunca. ¡Feliz Sant Jordi!

 

 

 

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