2640Tradicionalmente cuando hablamos de hogar lo interpretamos en femenino. Pero el hogar es como el mundo, de todos. Convertimos nuestra casa en hogar cuando volcamos en ella nuestras biografías, las de todos los que convivimos en él. Entonces deviene memoria viva de nuestras alegrías y pesares, de nuestras charlas y silencios, de nuestras lecturas, de nuestras andanzas por el mundo, de nuestro reposo… y de cada día de cada mes y de cada año que pasamos en él.

Tener un hogar es un regalo que valoran los que han perdido el suyo o aquellos que no lo han tenido nunca. Los privilegiados con techo nos podemos permitir sentirlo, incluso, como una carga. Parece que la vida de puertas afuera es siempre muy ‘guay’ mientras que las actividades de casa son una pesada rutina. Nos gusta disfrutar de los placeres de casa sin atender ningún tipo de tarea. ¿Por qué se entiende como un castigo poner la mesa, ir a comprar, poner una lavadora o tirar las basuras?

Los tiempos van cambiando pero algo estamos transmitiendo mal cuando un hijo se rebota ante una demanda doméstica. Durante años las mujeres se encargaron del cuidado de la casa, de todo el universo doméstico y de sus satélites, sin poder optar a otra cosa. Hoy las mujeres que trabajan fuera de casa siguen asumiendo mucha más carga en el hogar que los hombres. Aquellas que voluntariamente estamos en casa resultamos muchas veces socialmente invisibles.

Aún no he encontrado la fórmula lingüística para expresar mi trabajo sin que suene de una forma inapropiada: “estoy en casa”, “soy ama de casa”, “trabajo en casa”…nosotros mismos hemos escondido durante mucho tiempo esas tareas al no mencionarlas, ni compartirlas, pensando que no tenían interés, que eran de segunda. Pero resulta que todo hijo de vecino de nuestra opulenta sociedad cuando se retira tras su jornada abre la puerta de su casa para comer, ducharse, descansar o cambiarse de ropa. Luego el hogar existe. ¿Por qué esconderlo?

La vida doméstica es dinámica como la vida misma. Todas las actividades que giran en torno a ella revierten en nuestro bienestar de forma muy palpable -un plato en la mesa, una cama hecha, una camisa planchada, una ducha limpia…-y sin embargo muchos creen que se hacen a golpe de varita. Pues no, requieren tiempo, dedicación y mimo. Hay quien prueba a aplicarse y las disfruta y quien dice no tener ningún interés en ellas y hace lo que sea para evitarlas. Muy bien. No es obligatorio que a todos nos guste cocinar, comprar, planchar o limpiar, pero sí que es obligado valorar ese trabajo que tanto nos gusta disfrutar.

Fuera de casa la cuantificación de tiempo y trabajo parece inexorable. De puertas adentro es otra cosa. Las personas que trabajan en el servicio doméstico haciendo tareas que nos proporcionan calidad de vida no pueden ser llamadas por nombres despectivos -chacha, maruja…- ni pueden sufrir la explotación de quien piensa que pagando se arregla todo. Me sorprende la cicatería a la hora de pagar esos trabajos y la exigencia de máxima excelencia a la hora de valorarlos. Porque criticar desde la barrera es muy fácil.  Las cosas se ven de otra manera cuando a uno le toca arremangarse. Entonces sí que vale y tiene mucho mérito.

El filósofo José Antonio Marina, siempre certero en sus análisis, señaló hace años que las amas de casa son personas más propensas que otros colectivos a sufrir depresiones porque sienten que su trabajo está poco valorado y no ven forma de progresar. Debemos educar en el aprecio a esas tareas que algunas mujeres han hecho durante años en beneficio de sus familias. Las administraciones deben considerar a esas mujeres que han permitido que la sociedad avance. Deberían beneficiarse de prestaciones sanitarias, recibir las máximas ventajas cuando tienen un hijo y ponerles todas las facilidades cuando deciden incorporarse al mundo laboral en el tipo de jornada que mejor les convenga. La conciliación dejará de ser una quimera cuando todos creamos de verdad que invertir en la vida doméstica y familiar es un valor.

Parece de cajón que para que avancemos como sociedad tenemos que apuntalar bien las bases. Las mujeres en el hogar hacen jornadas que serían apeladas por cualquier comité de empresa. Hagamos pedagogía para que las mujeres que trabajan en casa – y aportan un sueldo con su trabajo- no sean invisibles. No hablamos solo de cosas caducas y efímeras -pero necesarias-, como comida o ropa, hablamos también de la atención a las  personas, de nuestros hijos, ancianos y enfermos.

 

 

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