cama Lexington

Juego de cama de Lexington

Me llama mi madre y me recluta para que la ayude a poner orden en un armario donde guarda la ropa de casa. Sabe que tiene el sí garantizado. Además de satisfacer su petición, compruebo una vez más mi gusto por ordenar -o actualizar- espacios domésticos. Y, aunque está mal decirlo, es una tarea que se me da bien. Antes de que la japonesa Marie Kondo nos adoctrinara con su método, yo -como tantos de vosotros- ya había tenido buenas experiencias que demuestran que orden y limpieza son verbos clave para tener una vida más apacible. La premisa para que el objetivo funcione es querer ordenar. Después hay que dedicarle un tiempo -limitado- y finalmente ponerse manos a la obra con determinación y firmeza.

Estamos mi madre y yo ante tres estantes de generosas proporciones repletos de ropa de casa. Hablamos de juegos de cama, toallas, mantelerías, tapetes, delantales y bolsas de pan…junto con jabones (medio balneario de La Toja ha vivido allí y ha dejado su olor inconfundible) y recuerdos varios camuflados entre las telas. Mi madre, que es una persona ordenada, ha dejado que ese armario se fuera llenando desde hace cuarenta años. Empezamos: primero vaciamos los estantes uno a uno y revisamos cada elemento. De ahí salen ya tres categorías: lo que conservamos; lo que descartamos; y lo que es reutilizable -leáse destinado a una tercera persona, entidad benéfica…-. Esta clasificación debe ser rápida. El peligro es caer en la “metahistoria” de cada prenda tipo “lo hice cuando era joven, “lo compramos en un viaje”, “me lo regaló…”. Sentimentalismos, los justos.

Hay que ir “reconduciendo” los diferentes montones de ropa generados. ¿Cómo? Debemos doblar las piezas que conservamos con un criterio útil y estético -que se ajuste a las medidas del espacio que las alberga, que respete los juegos que van combinados y que sean fáciles de identificar al abrir el armario-. Lo que descartamos por estar en mal estado -el paso del tiempo puede ser inmisericorde-, directamente a una bolsa de basura. Y lo que destinaremos a otras personas, también bien doblado en bolsas.

¿Cuánto hay que descartar y cuánto hay que conservar? El sentido común nos guía. Hay ropa de casa que no hemos utilizado nunca, que no hemos estrenado, que no nos gusta, que era de propaganda de alguna marca…o que está que se cae. Todas éstas, fuera. El día a día demuestra que acabamos usando dos o tres juegos de cama, de toallas y unas pocas mantelerías. Y que es mejor ir renovando cada cierto tiempo que acumulando en el armario prendas en desuso. Está bien tener algunas más de “gala” para celebraciones y fiestas.

Entonces llega el momento de limpiar con una bayeta húmeda el interior del armario y secar con un trapo. Por muy hermético que parezca, siempre se cuela el polvo. Después de revisar cada uno de los estantes, es el momento de “ajustar”. Debemos colocar las prendas que utilizamos menos en la parte más alejada y las de uso más frecuente, en un lugar más accesible. Es aconsejable que el armario tenga un margen de espacio para nuevas incorporaciones. Fueron casi tres horas de trabajo para poner al día esos cuarenta años de armario. No dejéis que pase tanto tiempo.

 

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