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Centro de Bouquet

A lo largo de la vida mantenemos muchas relaciones fuera de las paredes de nuestra vivienda. Conversamos, trabajamos, paseamos, hacemos deporte, compartimos viaje, vamos de compras…y con todo ese trajín de actividades creemos conocer bastante a ese contertulio y acompañante de horas, meses u años. Pero, no es hasta el día en que entramos en su hogar, cuando nos metemos de lleno en su mundo. Invitar a alguien a casa es un acto de confianza e intimidad. También una satisfacción y una alegría.

Los momentos y conversaciones que se generan en esos encuentros van conformando nuestra particular historia hogareña. Últimamente las invitaciones que surgen rápidas, sin pensar mucho en el calendario, tipo “nos vemos el viernes”, funcionan. Cuando empezamos a mirar fechas con demasiada antelación, más de una vez se truncan los encuentros. Así que si surge la oportunidad, ponedla en marcha ya. Cuando somos anfitriones, debemos procurar que las personas se “sientan como en casa”.

Acostumbro a preguntar por adelantado si hay alguna cosa que no puedan tomar, que les siente mal o sencillamente que no les guste para evitar momentos incómodos. Recuerdo que unos amigos no comen conejo desde que falleció el que tenían; que hay quien no prueba nada que salga del mar; el intolerante a la lactosa; el que nada de pimiento rojo…También las preferencias en las bebidas. Durante una época apuntaba en un cuaderno los menús para no repetir pero con el tiempo he descubierto que muchos lo que quieren es precisamente volver a los clásicos: fricandó, croquetas, coca de verduras, pastel de chocolate…Hay que buscar el equilibrio entre la innovación y la tradición.

Facilita mucho el trabajo organizar y preparar con tiempo la cita. Pienso, anoto, compro y cocino. Siempre que puedo con un día de antelación. Lo mismo con la preparación de la mesa: que esté bien dispuesta y con todo lo necesario para que no tengamos que empezar a buscar cubiertos o bandejas a media cena. Es importante que la casa esté a una temperatura adecuada a la época del año para que nadie padezca por exceso de frío o de calor. La estancia donde vayamos a estar debe estar ordenada y cómoda. Así como el baño que vayan a usar nuestros invitados. Pongamos toallas de cortesía, jabones nuevos y alguna vela. Las velas en el resto de la casa y los adornos con plantas y flores deben dar calidez sin tener una presencia abrumadora (por el tamaño o el aroma).

Convoquemos a nuestros invitados a un horario que les vaya bien a todos. Si podemos empezar pronto, mejor, porque dejamos más margen para que se alargue la velada. Mientras llegan todos, podemos ir sirviendo bebidas y disponer el aperitivo. A la hora de sentarnos, cumplamos con el protocolo (cabeceras para los de más edad o compromiso, chico-chica…) siempre que se pueda y si hay mucha confianza, primemos la comodidad (que los anfitriones tengamos fácil acceso a la cocina). Está en nuestra mano que la conversación sea agradable y que todas las personas puedan participar. Me gusta que al marcharse se lleven algo de recuerdo: un pequeño detalle de la decoración de la mesa o un libro bien pensado para el destinatario.

 

 

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