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Acabo de leer La felicidad después del orden (Aguilar), de la ya famosísima gurú del orden Marie Kondo. Como era de suponer, este volumen aporta poco a lo ya expuesto con contundencia en La magia del orden. Se trata de una ampliación detallada e ilustrada de su método bautizado como KonMari. El eje argumental es el de siempre: orden, orden y orden. Orden en tus cosas para que tu vida ordenada te proporcione felicidad. Me identifico en varias ocasiones con las manera y pensamientos de Kondo y constato que su nueva vida familiar la ha hecho más flexible y humana.

Como hemos hablado en tantas ocasiones en el blog, las personas ordenadas convivimos con las que no lo son en todos los espacios, también en el hogar. Marie Kondo se casó en el 2014 con un hombre que, por lo que comenta en algún pasaje del libro, es ordenado, austero y muy mañoso en la cocina. Parece un buen perfil de cónyuge para convivir con ella. Pero como Kondo no hay más que una, por mucho que su compañero se esfuerce nunca llegará a sus estándares (¡Qué horror!, esto es lo que me dicen en casa). La japonesa constata que no todo el mundo considera el orden una prioridad ni qué su método sea la única fómula válida para vivir bien.

Kondo además ha sido madre. Sus alusiones al cochecito del bebé en la entrada de casa o a la  dificultad de ordenar juguetes retratan a una mujer menos rígida que atiende a las personas además de a los objetos. ¡Bravo! Totalmente de acuerdo y ya lo escribí en Dulce Hogar en que todos los miembros de casa han de tener su pequeño espacio personal, en que orden y limpieza van de la mano (aunque el orden es para ella siempre el principio y el fin) y en que debemos cuidar la casa donde vivimos y no posponer la tarea de organizarla a una futura.

Aunque no abandona las sentencias (“El orden nunca miente”) matiza algunos aspectos como el minimalismo. Ya no se trata sólo de tirar -como se desprendía de La magia…- sino de conservar las cosas que nos gustan y que nos proporcionan felicidad. Siguen sorprendiendo sus maneras: para desprenderse de peluches, por ejemplo, recomienda taparles los ojos o seguir la costumbre nipona de echarles sal gruesa para que los espíritus tomen su camino. Curiosa también es la afirmación de que el lugar que destinemos al billetero determinará la forma de usar el dinero (…las carteras o billeteras se cansan fácilmente, sic); también la de que debemos acercarnos las prendas al corazón para percibir la felicidad que nos proporcionan. Y sigue erre que erre con la forma de doblar las prendas y de almacenarlas en vertical.

Pero la Kondo, esposa, hermana, madre e hija que aparece en La felicidad después del orden descansa a ratos de su obsesión por colocar todo en su sitio, realiza otras actividades y delega. Conmueve incluso el relato de un picnic en familia para disfrutar de la floración del cerezo en un parque. Al volver a casa, escribe que sintió un cambio. “Quería vivir mi vida de una manera que colorease mis cosas con recuerdos”, dice. La guerrera que lucha contra el caos, como ella se define, ha bajado la guardia. Vamos acortando distancias.

 

 

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