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Lo que veo estos días y espero que se me grabe en la retina para poder alimentar el ánimo todo el año es un cielo azul donde se perfilan perfectamente las montañas como en un recortable. Estamos en medio de un amplio y verde valle donde las vacas son tan habituales como los coches en la ciudad y donde todos respiramos un aire puro que también conviene almacenar. A partir de estas fechas es habitual que un viento fresco anuncie tormentas de tarde y que progresivamente oscurezca un poco antes. Una clara invitación a recogernos y prepararnos para el regreso a la rutina.

Son las nuestras unas vacaciones familiares. Decimos con mi marido que hemos establecido un campamento base donde recalan familiares y amigos. Una de las principales ocupaciones y distracciones del verano consiste en ir a comprar para preparar la intendencia de las comidas. Aquí hay muy buena carne y productos frescos de proximidad. Algunos descubren de dónde sale una hortaliza o cómo la leche de vaca se obtiene en las granjas a determinadas horas; que esa leche huele y sabe distinta porque es de verdad, auténtica.

Las conversaciones alrededor de la mesa suelen ser participativas y bulliciosas. Surgen anécdotas, confidencias e historias recurrentes del pasado. El deseo de hacer un rato la siesta es lo que empuja a finalizar la sobremesa y a que cada uno busque su refugio: en el sueño, la lectura, la piscina o el macro puzle en construcción. Es también un verano olímpico donde la televisión tiene cabida ya que algunas disciplinas despiertan verdaderas pasiones.

Los días transcurren sabiendo que estas jornadas tienen fecha de caducidad y que siempre nos quedarán planes pendientes, citas, excursiones o proyectos para el verano que viene. Empezamos a hablar de la vuelta, de la reconexión, de lo que haremos cada uno de nosotros el próximo curso. Parece que el ritmo de la casa es más laxo en verano aunque las actividades esenciales permanecen. El hogar nos acompaña allá donde vamos, con nuestras costumbres y formas de hacer. También con nuestros guisos, nuestras plantas, nuestros libros y nuestras personas queridas.

En nada estaremos hablando de nuevas y viejas inercias domésticas, de cómo ser eficaces y de cómo trabajar para conseguir que nuestra casa sea nuestro refugio más preciado. Es curioso cómo entorno a una piscina, en la cima de una montaña o en un paseo por el campo siempre surgen conversaciones donde intercambiamos información de casa interesante. De pronto nos encontramos hablando de la vida cotidiana con personas que no son habituales en nuestra vida. Y descubrimos la universalidad del tema y a la vez las particularidades de cada vivienda. Recopilamos nuevas recetas, trucos, costumbres y referencias de comercios que enriquecerán nuestro día a día.

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