bibliotecaEstoy en plena lectura de Ciudad en llamas (Random House), del escritor americano Garth Risk Hallberg. Son mil páginas de inmersión en el Nueva York de los setenta en diferentes espacios de la ciudad y ámbitos sociales contrapuestos. No puedo dar todavía una opinión definitiva. Su autor reside temporalmente en Barcelona y ha vivido su primer Sant Jordi. “Debe de haber algo en el aire que respiran por aquí, o tal vez en el paisaje, porque me resulta imposible encontrar nada parecido a Sant Jordi en ninguna parte del planeta”, escribió el día después en las páginas de La Vanguardia.

Sant Jordi hay que vivirlo porque por mucho que te expliquen es difícil transmitir la inmensidad de una fiesta que vive toda la ciudad, que abarrota las calles de familias y que tiene como grandes protagonistas a los libros y a las rosas. Es muy especial y muy mágico. Alimenta de orgullo y satisfacción a todos sus participantes, cada año más numerosos. En nuestra casa es una de las fiestas grandes del calendario.

Los días previos y posteriores a la festividad vienen marcados por dos aspectos: limpieza y renovación. En una casa forrada de libros como la nuestra, se imponen revisiones periódicas para poder dar cabida a nuevos ejemplares. En esta época nos alegra poder contribuir con unos cuantos ejemplares a abastecer el mercadillo solidario que organiza el colegio de nuestros hijos. Limpiar y ordenar libros es agotador. Vacías un estante y te encuentras con cincuenta volúmenes que pesan lo suyo y que cobijan polvo por donde menos te lo esperas. Además luego toca decidir los que se quedan y los que se van.

Cada uno en casa tiene sus gustos y preferencias bien definidas en materia de libros. Empezamos el día de Sant Jordi con uno para cada miembro de la familia envuelto de regalo a la hora del desayuno. Así sumamos seis nuevos ejemplares al estante despejado. Luego toca deambular por paradas y librerías y adquirir algunos ya pensados o que nos seducen por sorpresa. En casa me regalaron un estupendo volumen, La casa (Norma), de Daniel Torres, del que seguro que os hablaré en el futuro. Es la crónica ilustrada de la consolidación de una idea universal: el hogar. Me va a gustar mucho. Seguro.

Sant Jordi deja también en nuestras estancias rosas amigas y amorosas. Y este año flores compradas a mi hija y a otros tantos amigos de nuestros hijos que vendían en distintos puntos de la ciudad. Ahora todas juntas comparten jarrón y al mirarlas recuerdo con emoción la procedencia de cada una. Y lo bonito que es el gesto de recibir o entregar ese día una rosa. Sant Jordi renueva nuestra biblioteca. Nos desprendemos de algunos libros que ya han hecho su ciclo y contemplamos ansiosos las nuevas incorporaciones buscando el momento de disfrutarlas. En nada -porque el tiempo pasa volando- repetiremos la cita con la tradición. Que dure siempre.

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