GoodwifeHace tiempo que la tele ha dejado de ser la “reina” de muchas casas. Ya hemos hablado en otras ocasiones de la dificultad de conjugar el televisor con la estética de nuestros hogares (¿Dónde ponemos el televisor?). Mis hijos mayores utilizan sus tablets y ordenadores para consumir productos audiovisuales que antes pasaban sí o sí por la pantalla de la televisión. Se han evaporado las sesiones familiares de otras épocas para ver una película o seguir un concurso. Cada uno tiene sus gustos y preferencias y es un alivio que vean ellos solos sus opciones (en ocasiones capto casualmente fragmentos de programas que sería un horror tener que aguantar en la tele de casa). Pero la televisión sigue atrapando audiencias familiares y amistosas generosas cuando la pantalla tiene dimensiones extraordinarias y cuando el reclamo es un buen partido de fútbol.

El caso es es que “ver” la televisión ha caído en picado. Haced un barrido con el mando a distancia una noche al azar y acabaréis dándole al off por agotamiento y desencanto. Nosotros nos hemos convertido en seguidores de series varias que nos han dado muchas alegrías (léase horas de desconexión, descarga adrenalínica, relajo y diversión). Cuando tenemos entre manos una buena serie el incentivo para acabar el día es importante. Reconozco que hay un punto adictivo que ha podido perjudicar nuestro ritmo del sueño, pero no más. Las intercambiamos con amigos y genera complicidad entre los que las seguimos juntos.

El top de las series lo ostenta en mi caso El ala oeste de la Casa Blanca. Con mi marido vimos las siete temporadas dos veces. A partir de ahí los elementos presidente americano y Whashington se han convertido en un anzuelo. Pasamos por Scandal y Veep (“sin más”, como dice mi hija mayor). Y ahora estamos con House of cards, sorprendidos en ocasiones del hechizo que provocan esos personajes cínicos y amorales. No hablemos del proceso catártico de 24. ¿Qué nos aportaba la huida hacia delante del incombustible Bauer?

Otro género que hemos explorado y que nos gusta es el de series de abogados. Aquí destaca The Good Wife. Nos encanta. Antes pasamos por Shark El abogado. Hay series amables que he seguido con alguno de mis hijos como El mentalista Castle. Las hay refinadas y estéticas como Downton Abbey. También alguna de consumo individual como En terapia (mía) Mad Men (para mi marido) . Y otras que, pese a su fama y reconocimiento, no han conseguido atraparnos y se nos resisten como The Wire o Breaking Bad.

Una buena serie da vida a la pantalla de televisión de nuestra casa. Son dosis -queda al arbitrio de cada uno la cantidad de consumición- de entretenimiento sin interrupciones comodamente instalados en el sofá. Nos permite transitar entre la realidad y la ficción. Y el día que te pones a hablar como si nada de las chaquetas de Alicia, de los músculos de Jack, de la taza de té de Patrick o de la melena de Beckett te delatas como un consumidor habitual de series. Y porqué no, es otro momento “dulce hogar”.

 

Anuncios