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Obra de Martí Anson

En una reciente visita a Ikea con mis hijos descubrimos dos espacios que recrean dos viviendas de 25 y 35 metros cuadrados respectivamente. Nos introdujimos como en una especie de casa de juguete donde era posible casi todo. Y nos maravilló analizar el ingenio de los interioristas para aprovechar cada milímetro y decorarlo con gracia. Eso sí, tres éramos multitud para deambular por las estancias. Me imagino que están pensadas para una o máximo dos personas escrupulosamente ordenadas. Cuando preguntamos por las viviendas de los otros, los metros cuadrados suelen ser un indicativo positivo cuanto mayor sea la cifra. No es una fórmula exacta. Hay casas pequeñas que son hogares entrañables. A muchas familias nos irían de perlas unos metros de más pero hay que ingeniárselas para aprovechar el espacio que tenemos. Mi hija mayor, que es de natural expansivo, es decir, que está en su habitación pero también en el sofá y a la vez en la cocina para prepararse un desayuno que ocupa todas las superficies; que conecta su ordenador o móvil en algún lugar que hace pensar que se ha ausentado momentáneamente, y que tiene un libro abierto aquí y allá, dice que algunos de nuestros “roces” se deben a una falta de “espacio vital”.

Me habría gustado que viera la casa de madera del arquitecto Martí Anson que expuso el pasado septiembre la Fundación Suñol de Barcelona. Anson ha creado una estructura que puede montarse y desmontarse en poco tiempo y que quiere ser un tributo a la arquitectura anónima. La obra reproduce la vivienda familiar que su padre Joaquim Ason, un trabajador de la madera, construyó con ladrillos en el campo en los años 70 para que pasaran las vacaciones en familia. Se trata de una casita de 50 metros. Algunas fotografías de la muestra reflejaban la vida cotidiana del matrimonio y de sus cuatro hijos. Al meterme en ese “esqueleto” imaginé un hogar cálido y entrañable donde la cocina tenía (como debe ser) un papel importante.

Todos aspiramos a más y mejor y eso nos ilusiona. En muchas vidas, uno cambia de vivienda y cumple algunos de los sueños que imaginó de pequeño, joven o maduro. Pero lo importante es disfrutar en cada momento de lo que uno tiene y sacarle el máximo partido posible. La construcción de un hogar no puede posponerse a un futuro no escrito. Acabo con una cita de una lectura reciente, El libro de mi destino de Parinoush Saniee (Salamandra). La protagonista de esta impactante historia, Masumed, es una mujer iraní que vive en una sociedad marcada por la discriminación y muchos sinsentidos. En un momento dado replica a su hijo cuando éste le cuestiona que pueda llamarse casa el lugar donde viven: “Pues claro que lo es. No importa lo grande que sea, sino cómo la decoremos. Hay gente que se instala en un cobertizo o un húmedo sótano y lo arregla tan bien que parece más bonito y acogedor que un palacio. El hogar refleja el estilo, el buen gusto y la personalidad de quienes lo habitan”.

 

 

 

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