Tengo ya dos hijas universitarias. Cuando vienen a casa sus amigos y amigas constato que son jóvenes que saben mucho y que se mueven con soltura por aeropuertos y estaciones de tren digan lo que digan los informes con siglas varias. Tienen habilidades especiales para conseguir ofertas increíbles -que yo no cogería porque pensaría que hay gato encerrado- en billetes de avión, restaurantes, ropa de marca, calzado, gafas de sol y accesorios mil. Son gente que sabe lo que pasa en el mundo, que te informan de lo qué ocurre casi en tiempo real, que están al día de novedades musicales, de estrenos de cartelera; que tienen inquietudes y asisten a eventos innovadores relacionados con sus interés. Son personas que hablan inglés con soltura y estudian algún idioma más porque saben que eso les abrirá más puertas. Me gusta oírles cuando explican cosas -utilizan una especie de argot con el que me estoy familiarizando- y me río con sus comentarios críticos e ingeniosos. En definitiva, que me parece que son una generación de jóvenes más preparada y despierta que la nuestra.

Dicho esto, que no es poco, creo que debemos ayudarles a ser aún más completos haciendo que sean hombres y mujeres capaces de llevar con buena nota las riendas de una casa. Hace poco coincidimos un grupo de amigos en la boda del hijo de uno de ellos. Muchos de nosotros teníamos algún vástago que había pasado o estaba unos meses en un país extranjero con una de esas becas (???) Erasmus. Cuando intercambiábamos anécdotas de la nueva vida de nuestros hijos en otro lugar no había problema con el idioma, la asistencia a clase o la integración social. Relatábamos los mensajes de whatsApp o llamadas de urgencia tipo: “¿Cómo se pone una lavadora?”, “¡No sé que he hecho con la ropa que se me ha encogido todo!”, “Dime alguna receta fácil y rápida que no sea pasta”, “la fruta me parece muy cara, creo que no compraré”…

Estos jóvenes tienen que saber el abc del hogar. No les excluyamos de las tareas “porque tienen que estudiar”. En la vida tendrán que trabajar fuera y dentro de casa. Reitero mi mensaje de que las tareas del hogar NO son un castigo. Saberlas hacer nos hace más competentes y nos facilita la vida. Si en el parvulario se enseña a los pequeños a que sean autónomos vistiéndose solos u ordenando bien su material, a medida que vayan creciendo debemos implicarles en las tareas domésticas. Se me ocurre una lista interminable que va desde hacerse la cama, recoger la ropa sucia, sacar la basura, poner la mesa, regar las plantas hasta estadios superiores conforme a la edad.

Nuestros hijos adolescentes deben saber ir a comprar y fijarse en los precios, tienen que ser capaces de preparar una comida saludable, poner una lavadora conforme a criterios simples (ropa blanca y ropa de color), tenderla y plancharla sin causar una catástrofe, deben conocer qué producto se usa para limpiar el baño y cómo funciona el aspirador… El  saber del mundo casero y doméstico no es de segunda categoría. “No sé ni freír un huevo” no es una frase para vanagloriarse aunque hay platos más fáciles. Ayudemos a nuestros hijos para que se manejen tan bien en casa como fuera de ella.

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