El pasado 6 de enero acudí con mi marido, Sergio Vila-Sanjuán, a la entrega del Premio Nadal. Nos parecía mentira que hubiera pasado un año desde que él lo ganara con su novela Estaba en el aire (Destino). El 2013 fue un año fantástico y el recuerdo de aquella velada aún nos emociona. En esta ocasión, llegamos de los últimos a la mesa que nos tocó para cenar. Reconocimos caras y nombres relacionados con el mundo de la escritura y de la edición. A nuestra izquierda estaba un hombre que se levantó y nos saludó amablemente: “Soy Enrique Tomás”. “¿El jamonero?”, le dije de forma espontánea. “El mismo”, contestó sonriente. Me hizo gracia pornerle cara a un negocio que conocemos y que frecuentamos porque en nuestro barrio tenemos un par de sus tiendas. Tengo muy presente el logo de su empresa y en la cena del Nadal conocí un poco al creador de un negocio que crece y crece. Enrique Tomás como marca empezó en su Badalona natal y ahora está en diferentes lugares de Cataluña, ha inaugurado tres locales en Madrid y espera el momento de iniciar la expansión internacional con Londres como punto de partida.

Durante la cena hablamos y mucho de libros y de jamón. Buenísima combinación. Y al final de la entrega quedamos en intercambiar libros. Acudí dos días después a una de sus tiendas con la novela de mi marido dedicada y regresé a casa con su Grandes mentiras sobre el  jamón (Lunwerg), un librito que entra por los ojos. Las fotografías son maravillosas. No me cabe la menor duda de que el libro lo ha escrito el propio Enrique Tomás. Al leerlo me parece oírle hablar: claro, directo, llano, entusiasta. Un gran vendedor de jamón y, por supuesto, de su negocio. Tomás es el menor de once hermanos. Su padre era charcutero y él lleva toda su vida conociendo el producto y al cliente. Un hombre hecho a sí mismo que no tiene vergüenza en afirmar que “soy la persona que más sabe de jamón”.

Tras leer su libro mi mirada a la hora de comprar jamón será más escrupulosa. Desconfiaré, sin duda, de aquellas piezas o lonchas demasiado simétricas -Tomás explica cómo en algunos casos se manipulan las piernas para que tengan buena presencia-. También leeré las etiquetas porque me ha quedado claro que el jamón ibérico sólo tiene cuatro denominaciones de origen: Guijuelo, Huelva, Dehesa de Extremadura y Valle de los Pedroches. Y para simplificar entiendo que el jamón ibérico -es decir, de la península- es de bellota o de cebo en función de si predomina en su alimentación la bellota -junto a otros elementos naturales- o el pienso. Y también en base al tiempo que lo han hecho en dehesas. Su tiempo de curación también varía. Nada de calentar el jamón ni de acercarlo a fuentes de calor. Ah! y si nos regalan o compramos un jamón, se acabó tapar la pieza con la grasa del inicio. Es un error, frecuente, pero error, nocivo para el jamón.

Comparto con Enrique Tomás la filosofía de que el jamón es un valor per se y de que hay que potenciar las experiencias en torno a él. Aplaudo su proyecto de abrir un museo dedicado al tema. Ir a comprar jamón para compartirlo en casa en una velada familiar o con amigos es sin duda uno de esos momentos que denomino “dulce hogar”.

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