Mi amiga Lourdes, que se mueve entre fórmulas matemáticas como pez en el agua, me manda este mensaje: “El orden de tu cuarto no altera el producto… altera a tu madre!!”. ¡Es genial! Real como la vida misma pero dicho con gracia. Al momento reenvío la misiva a mis hijas por el grupo de whatsApp que compartimos. Contestan al instante con interminables “ja,ja”. Ahí se acabó el tema. La fórmula ingeniosa refleja una realidad casi universal: las madres no podemos con el desorden de las habitaciones de nuestros hijos. Parece que está bien documentado que el hijo adolescente se reivindica en su espacio y que es bueno respetarlo. De acuerdo, pero no es fácil. Leí hace poco un reportaje que señalaba la importancia de que nuestros hijos tengan en su cuarto los objetos y elementos con los que se identifican -sus fotos, pósters, libros, recuerdos…-. La pregunta es si esa decoración implica siempre el caos.

Desde mi punto de vista, esa habitación personalizada puede estar limpia y ordenada sin detrimento de carisma. Aprovecho esta tribuna para decirles a mis hijos -aunque lo más probable es que no me lean- que no me importa lo que tienen sino cómo lo tienen. Hago esfuerzos sobrehumanos para no ser una plasta a diario con la cancioncilla de “ordena tu habitación”. Cuando se avecina una celebración en casa o cuando viene alguna visita que deberá compartir ese espacio, me pongo muy pesada. Yo apelo a la importancia de que sean buenas anfitrionas y mis hijas suelen contestar que a sus invitadas “les da igual” o “no has visto su habitación…”

Acudo al libro de mi amiga Victòria Cardona en el que ahonda en la comunicación con el adolescente, Un extraño en casaEn sus páginas releo dos buenos consejos a la hora de afrontar las relaciones domésticas con nuestros hijos: Concretar y ser constantes en nuestras indicaciones; y llegar a acuerdos. Respecto al primer consejo, un claro ejemplo sería el de hacerse la cama. Cardona señala que es importante no suplirles en sus responsabilidad y recordarles que es su tarea. Claro que siempre hay salidas sorprendentes como la de mi hija mayor que hace unos meses me mandó un enlace. Se trataba de una noticia que señalaba que hacer la cama cada día no era saludable. El artículo decía que el agitar las sábanas ponía en movimiento más ácaros que si la dejábamos tal cual. Lo siento, pero no me convence. El segundo consejo es llegar a acuerdos. Siempre en momentos de calma. Las comidas distendidas son un buen momento para poner sobre las mesas las reivindicaciones de unos y otros. Yo sólo pediría que la ropa sucia no se acumulara en exceso y que la habitación sea transitable.

He comprobado que en ocasiones -y no sé cuál es el desencadenante- a nuestros hijos se les dispara un resorte que les lleva a poner su cuarto patas arriba. Entonces empiezan a tirar papeles acumulados, reaparecen objetos perdidos y añorados, descubren que tienen más ropa y zapatos de los que pueden ponerse, recuperan piezas prestadas, libros ajenos o de bibliotecas…Es un buen momento para facilitarles cajas y recipientes para que agrupen sus cosas. Y entonces te enseñan con orgullo la hazaña de su cuarto ordenado que dura lo que dura. Pero es bonito mientras pasa.

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