“Ahora entiendo que mi madre cerrara con llave sus cosas”. La frase es de una progenitora con hijas adolescentes. Y viene a colación en una conversación entre mamás después de una cena festiva. Mis hijos no se creerían que las mujeres podamos llegar a hablar de estas cosas. Cuando salgo a cenar con amigas y al día siguiente me preguntan en casa de qué hablamos, les contesto muchas veces que de los hijos. Hablamos de sus estudios, de sus aficiones, de sus caracteres, de sus percances y contrariedades, de sus logros y aventuras y también de la cotidianidad. Y así aparece la teoría universal de que nuestros vástagos siempre prefieren el jabón de nuestro baño, el champú, la pasta de dientes…lo que sea.

Entiendo que es atractivo lo ajeno sobre todo cuando está en buen estado pero en muchas ocasiones se trata exactamente de la misma cosa. No os engaño: compro algunos productos de aseo de gama un poco más alta para mi uso y disfrute. Ahí es donde la frase de cerrar bajo llave adquiere sentido, desprendida ya de cualquier sentido egoísta o posesivo. La cerradura es un instinto de supervivencia para poder disfrutar de pequeños rituales de aseo diario con alegría y sin sobresaltos a media ducha cuando uno descubre que ha desaparecido algún bote.

Tras varios intentos de hacer pedagogía sobre el uso racional de geles, champús, acondicionadores y mascarillas he tenido que optar por otras estrategias. El discurso reiterado y repetitivo de que no “hace falta ponerse tanto champú porque es malo para el pelo”, de que “un poco de gel es suficiente para la ducha diaria” y un largo etcétera de sentencias en el mismo sentido, no cala. No es efectivo. Mis hijos adolescentes utilizan un jabón especial para lavarse la cara y evitar/combatir el acné. Es un producto de farmacia. Su envase transparente deja ver el índice de consumo del producto, que es de un color verde esmeralda. He llegado a hacer una especie de investigación policial para saber quien se ha “bebido” dos dedos en un solo día. “Nadie”. La respuesta siempre es “nadie”.

Entiendo algún accidente fortuito que dé al traste con el tapón o que haga que el líquido se vierta abundantemente sin control. Pero eso es una excepción. Podría pasar alguna vez pero no habitualmente. Decidí durante una época marcar con un rotulador permanente la fecha de inicio del producto: el susodicho jabón facial, el gel, el acondicionador…En seguida me horrorizó la estética carcelaria que había impuesto. Constaté además que esa fecha marcada en negro rotundo era invisible a la vista de sus usuarios. Así que busqué nuevos caminos. Compré bonitos recipientes dosificadores donde relleno todo tipo de productos de aseo. La presentación es bonita. En ocasiones, mejora la del propio producto -hablamos de marcas blancas y geles a granel tamaño familiar-. El hecho de tener que presionar para obtener la dosis hace que ahorremos mucho. Para el jabón de la cara he comprado unos botellines tamaño avión que están durando lo indecible.

En las tiendas Muji, Muy Mucho, Tengo idea y algunos bazares encontrareis estos envases, incluso numerados para diferentes usos. Ahora me tengo que centrar en nuevas iniciativas para conseguir que las duchas duren menos tiempo, para que no pongan la música tan alta mientras cae el agua sobre sus cuerpos y principalmente para que el consumo de agua baje radicalmente. Se admiten sugerencias.

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