Una de mis hijas me alertó del estreno de la película El mayordomo. En el anuncio promocional se intuían varios elementos que sabía que me resultarían atractivos: buenos actores, una historia basada en hechos reales y que pasara en la Casa Blanca. La serie El ala oeste de la Casa Blanca, nuestra serie preferida, hizo que sus pasillos y estancias fueran un espacio tan conocido y vivido que ha pasado a formar parte de mi imaginario personal. El film narra la historia de Cecil Gaines -recreado por un espléndido Forest Whitaker-que fue mayordomo de hasta ocho presidentes de los Estados Unidos entre 1952 y 1986. Es su recorrido personal pero también lo es de la lucha de los negros por obtener derechos y libertades. Conmueve seguir la cronología y constatar que hasta hace muy poco amplios sectores de población vivían en una situación de inferioridad sólo por el color de su piel. El mayordomo es un fiel servidor y sus tareas domésticas buscan siempre la excelencia.

No puedo evitar fijarme siempre en detalles que hacen referencia al hogar, al cuidado y mimo con el que se hacen las cosas en una casa, aunque sea ésta la Casa Blanca. Os relato algunos aspectos de la película que me llamaron la atención:

– El mayordomo aparece en más de una ocasión sentado en el suelo de un cuarto de limpieza lustrando zapatos. Es una tarea que realiza como un artesano: embetunando, cepillando y abrillantando cada par. En pocas de nuestras casas quedan esas cajas de madera con los útiles para limpiar el calzado y la forma de la horma de un zapato en la tapa. Las esponjas autobrillantadoras y los betunes que se aplican directamente han simplificado el proceso. Recuerdo que cuando yo era pequeña mi padre se encargaba de limpiar mis mocasines del colegio. Y todavía ahora le gusta limpiar los zapatos a la vieja usanza. Y la verdad es que le quedan impecables.

– En otra escena de la película, Cecil, con sus manos enfundadas en guantes blancos de algodón, repasa y recuenta la cubertería de plata en la mesa de la cocina. Ese trabajo minucioso me recuerda a la preparación de la mesa de Navidad. Es en esa ocasión cuando saco la mejor cubertería de herencia familiar y al acabar la comida, después de lavarlo todo, alineamos en la mesa cucharas, tenedores, cuchillos y demás piezas para contarlas y guardarlas hasta el próximo año.

– El ritual de servir en una elegante bandeja el té o el café. Dispone todas las piezas con virtuosismo y pulcritud. Antes de proceder al servicio, el mayordomo comprueba en la cocina que todas las jarras estén bien dispuestas y con el contenido adecuado. Es una pequeña obra de arte que hace que tomarse una taza de café se convierta en un maravilloso momento.

El oficio del mayordomo, realizado con dedicación y perfección, nos enseña que las tareas del hogar son servicio a los demás y proporcionan bienestar. Su indumentaria también es un ejemplo, siempre limpio y pulido. Y del mayordomo a nuestras viviendas: los que trabajamos en casa y para la casa queremos cuidar la imagen y buscamos la felicidad en pequeñas y cotidianas actividades.

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