“Hogar, dulce hogar” nos decimos todos al volver a casa no importa de dónde. Después de unos días de vacaciones el regreso a casa es siempre grato. “¡Qué bien, mi cama!”, exclama el benjamín de la familia. Ha dormido divinamente todos los días y probablemente en una habitación más espaciosa que la suya pero esa sensación de volver a “su” cama le complace. Es lo que tiene el hogar, que nos cobija y proporciona sensaciones de pertenencia a un nido, el nuestro, con sus particularidades, grandezas y limitaciones. Bienvenidos, pues, al vuestro en esta nueva temporada que reemprendemos con ganas de seguir compartiendo experiencias domésticas. En este primer contacto, me gustaría comentar tres percepciones del retorno:

1. Es delicioso volver a casa pero…me encantaría fruncir la nariz y reaparecer cual la célebre “embrujada”. Así sin más. Sin mochilas ni equipajes. Al llegar a nuestra vivienda percibimos el olor a nuestro hogar, nos reencontramos con nuestra ducha, cama, cocina…con satisfacción. Es terreno conocido. Estamos a salvo. Pero antes hay que pagar un peaje. ¿Cómo es posible -me pregunto retóricamente- que al abrir la puerta hayamos inundado en un segundo toda la entrada de bolsas y maletas? Volvemos con ganas de instalarnos pero esos bultos nos reclaman. El día de regreso lo vivo como una prueba contra-reloj para al final llegar al sofá, dueña ya de mi puesto, con todo guardado y la dinámica doméstica puesta en marcha. Es decir, pretendo que las vacaciones queden reducidas a un mínimo de incidencias para al día siguiente empezar como si nada hubiera ocurrido. Implicaciones: llenar la nevera, organizar las comidas del día, llevar el equipaje limpio y planchado listo para guardar, regar y mimar las plantas, guardar bolsas y maletas, recolocar libros, películas, revistas, ordenadores…(¿Todo esto nos hemos llevado?). Es agotador.

2. ¡Cuántas cosas pasan en verano! Reubicados en nuestras viviendas miramos hacia atrás y la semana pasada ya nos parece muy lejana. Entonces estábamos en la montaña. Hacía sol pero parecía otoño. Llovía por las tardes y dormíamos con la ventana cerrada y con nórdico. El último día suspirábamos por una humeante y consistente sopa de caldo con pasta. En esos días nos lamentábamos de cuántas cosas pasaban en verano. Y nos referíamos a acontecimientos negativos: guerras y accidentes de gran escala, muertes inesperadas -o no- de personas queridas o desconocidas, pequeños percances como la apendicitis de la amiga de mi hijo, el accidente de coche de Susana -se quedó en un susto afortunadamente-, la rotura del dedo del pie de mi hija, etc. ¿Ocurren más cosas en verano? o ¿las percibimos con mayor fuerza desde nuestro tiempo de descanso?

3. Volvemos con las pilas cargadas. Hemos hecho acopio de vitamina D, de buenas lecturas, de aire puro, de comida sana, de recetas compartidas, de fotos para el recuerdo, de excursiones en familia y con amigos, de tertulias… Hemos cumplido parte de nuestros retos. Dejamos algunos para el próximo verano. Y algunas historias se repiten. De nuevo un caracol camuflado en una caja de verduras que me regaló una vecina (Un caracol en mi cocina) me hace revivir ese tránsito hacia el nuevo curso con nostalgia por el verano que se acaba y también con optimismo por lo que viene por delante. Empezamos ya.

Anuncios