Como cada año antes de iniciar las vacaciones de verano, entro en una dinámica de actividades que tienen como finalidad dejarlo todo “supuestamente” – como dicen mis hijas- organizado. Así llevo semanas con revisiones médicas de diferentes especialidades, con los preludios del nuevo curso hilvanados, con el consabido repaso de la despensa, la nevera y el congelador, y una vez puestos, con el orden de películas y libros, con el de la correspondencia y del papeleo -siempre pendiente de puesta al día-, con la preparación del cuidado de las plantas… en fin, con una una espiral de recados que pueden no tener fin hasta que se lo ponemos nosotros mismos. Antes de Navidad se repiten muchas de estas pulsiones. Son los dos puntos del calendario que marcan las dos temporadas del año y que conllevan estas cosas. Todo para empezar tranquilos un periodo de vacaciones. Como ya hemos hablado tantas veces, las tareas domésticas no “cierran” nunca pero sí que se pueden vivir de otra manera, en otro entorno y a otro ritmo.

Y, como muchos de vosotros, mi planteamiento vacacional fluctúa entre el dejarme llevar por el momento sin más y el responder a tantos retos que uno tiene y que cree que ahora podrá hacer realidad. La voluntad de cierta disciplina intelectual, de una rutina que incluya las relaciones sociales y el silencio personal, de ser contemplativo pero a la vez practicar una actividad física de forma regular, de simplificar las cosas sin caer en el descuido, de iniciar actividades pendientes como hacer un sudoku al día, de experimentar en la cocina sin prisas y tantas y tantas cosas que uno fabula consigo mismo a lo largo de todo el curso.

Consternada por el accidente ferroviario de Galicia, por el dolor de tantas personas que lloran pérdidas, todo esto me parece un poco frívolo. Porque los que estamos vivos y podemos tomarnos unos días de vacaciones somos unos privilegiados -con mayúsculas-. Y hagamos lo que hagamos seremos unos afortunados. La vida cotidiana es un regalo con sus actos sencillos. A los que estáis junto al mar, en la montaña, en la ciudad o en un pueblo, a todos os deseo un feliz verano. Que fluya de forma espontánea o planificada, tanto da, pero que os aporte la energía y el descanso para iniciar con más entusiasmo el nuevo curso. Y con él, nuevos retos.

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