Hace más o menos un año que regresé a casa en autobús con una bolsa en la que mi amiga Carmen había colocado un macetero con su plato con un par de esquejes de geranio. Esta secuencia se entenderá mejor si explico una anterior en el tiempo en la que sentadas en los sofás de su casa le comenté lo preciosa que estaba la planta que tenía a la vista. Carmen estaba frágil. Ya había pasado unos meses antes por el tremendo golpe de saberse enferma pero se había curado. Sólo unos meses de tregua y una cruenta recaída. A lo largo de ese tiempo tuvimos varios encuentros en los que hablábamos de su salud, de la dureza de los tratamientos, de la familia, de las niñas…la trascendencia y, sin apenas transición, pasábamos a intercambiar recetas, recomendaciones de libros, series de televisión o cuidados de plantas.

A los pocos días de estar en casa, uno de los brotes amarilleó y languideció. No tiró adelante y lo saqué. El otro fue creciendo con fuerza y adquiriendo un verde espléndido. De vez en cuando le hacía una foto y se la mandaba a mi amiga para que viera cómo crecía la planta que cuidaba con el mismo mimo que ella puso al plantarla para obsequiarme. Al llegar el verano, la metí en el maletero del coche con el equipaje para las vacaciones. Y siguió creciendo vigorosa en el porche de nuestro apartamento de la montaña, testigo de alguna de nuestras conversaciones telefónicas. De vuelta, de nuevo la coloqué en la terraza, en un lugar donde pudiera verla desde mi posición en el sofá. Ha pasado poco más de un mes desde que Carmen murió. Ella sabía que le quedaba poco de vida y con toda su inteligencia, que era mucha, preparó su ausencia.

Al volver de Semana Santa, después de cuatro días fuera de casa, mis ojos no daban crédito a la explosión de color en el geranio de Carmen. De pronto, tres flores inmensas jaspeadas se levantaban airosas reafirmando su presencia. Desde el primer día le clavé en la tierra un adorno con un corazón rojo de madera. Esa planta tiene nombre y procedencia y ese orgullo de crecer me va a obligar a transplantarla y yo preferiría no hacerlo para no estropear nada. Porque esa planta es el geranio de Carmen y tiene alma.

Enlace relacionado: Hablar con las plantas

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