La cocinera del presidente es una deliciosa película francesa -muchas lo son últimamente- que se suma a otras tantas que tienen la gastronomía, los fogones y los cacharros de cocina como protagonistas. Basada en una historia real, narra las andanzas de Hortense Laborie (Catherine Frot), una chef que deja su casa en el Périgord para atender una especial demanda laboral: convertirse en la cocinera personal del presidente de Francia François Mitterrand (Jean d’Ormesson). Este busca para sus actos privados una cocina casera que le evoque los platos de su abuela. La protagonista, que tras un par de años en el Elíseo, trabaja en una base francesa en la Antártida, prepara un nuevo cambio de vida en la lejana Nueva Zelanda donde espera encontrar terrenos propicios para las valiosas trufas negras. El film está plagado de momentos geniales donde uno percibe cuán importante es la comida en nuestras vidas. Así hay recetas, cocciones, compras, búsqueda de productos de la tierra y muchas relaciones personales.

Me han gustado muchas cosas de la película. Os comento algunas:

La pasión de la persona que cocina pensando en quién saboreará esos platos. Esa pasión se traduce en un trabajo que busca complacer, en un trabajo generoso al servicio del otro. En nuestras casas lo hacemos a diario. No siempre agradamos a todos porque los gustos son múltiples y, en ocasiones, dispares. Cuando vienen invitados a casa, me gusta saber sus preferencias y siempre pregunto si hay algo que no pueden tomar porque les sienta mal o simplemente porque no les gusta.

– El buen cocinero busca la excelencia en su tarea. Así en la película se prepara un pan de maíz veces y veces hasta conseguir el objetivo deseado.

– Como en todos los trabajos, quien cocina necesita reconocimiento y gratitud para sentir que su labor no pasa desapercibida y como estímulo para seguir. Hortense acerca su oreja a la puerta del comedor privado para percibir si todo funciona o revisa los restos de los platos.

– Utilizar productos de la tierra y conocer su origen confiere a los platos un plus para los sentidos.

– No hay mejor dieta que la del sentido común.

– Las celebraciones en torno a una mesa, pensadas y trabajadas, consiguen ser inolvidables.

La limpieza y la cocina están hermanadas. Después de todo el trasiego, la protagonista, enfundada en su delantal negro con su collar al cuello, repasa sus fogones con un  trapo hasta que todo vuelve a estar reluciente. Entonces ya está todo listo para volver a empezar.

La complicidad que se puede generar elaborando un plato. No es tarea fácil porque uno tiende a dirigir sus propios mandos y las relaciones personales afloran en los fuegos para lo bueno y para lo malo.

La magia de instantes en torno a una mesa de cocina. El presidente saborea una rebanada de pan tostado con aceite y unas láminas de trufa. Estelar. Y esa magia se puede conseguir también sin un presidente de la República.

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