El misterio acompaña a esos pequeños cajonesLa escritura de Nicole Krauss es envolvente e intimista. En su novela La gran casa (Salamandra) nos introduce en las vidas de personajes dispares en ciudades diferentes como Nueva York, Londres o Jerusalén. Personajes femeninos y masculinos, jóvenes y mayores que nos hablan de la complejidad de las relaciones familiares, de pareja o de introspección con uno mismo. Es también una novela donde la escritura, la creación y los libros tienen un papel importante. El volumen tiene como hilo conductor un mueble, un imponente escritorio que pudo haber sido del poeta García Lorca. Ese escritorio majestuoso con casi una veintena de cajones ocupa un espacio físico pero también tiene una presencia inmensa en el interior de sus poseedores. De esta recomendable lectura surge este post sobre la necesidad y utilidad de tener un espacio en nuestras casas para trabajar.

Más allá de la difícil tarea de creación literaria, la vida cotidiana nos lleva a infinidad de situaciones que requieren un parón para escribir una nota, una lista, un informe, un trabajo…Una de las recomendaciones que nos hacen a los padres en el colegio es que creemos unas condiciones propicias para el estudio. Así nos dicen que es importante que el niño tenga su pupitre con una silla que facilite una buena postura y una iluminación adecuada. Esta mesa debe estar en su habitación o en una estancia dedicada al estudio. Cada uno de mis hijos tiene su mesa, su silla y su lámpara. Pero la inercia en muchas ocasiones, sobre todo cuando son pequeños, es acercarse hasta donde están sus padres. En mi caso, la mesa de la cocina es la más concurrida de todas la de la casa durante todo el día. El hecho de que sea más grande que sus pupitres, el tener a mano un interlocutor, un vaso de agua y un cajón del que picar alguna cosa creo que les resulta atractivo.

Hay personas que hacen de su mesa de trabajo un altar. Allí están sus cosas, dispuestas de una manera determinada e implícitamente uno lee un cartel de “no tocar” y “no usar”. Esas personas identifican esa mesa de trabajo con un espacio del hogar reservado a su intimidad. Sólo pueden trabajar ahí. Otras personas se acomodan de forma errática con sus enseres allí donde creen que pueden trabajar en un momento determinado. Se mueven con sus libretas, papeles, gafas y portátil; y tan bien les va la mesa del comedor, como la de la cocina, la de la terraza o el pequeño mueble de la entrada. Pertenezco al segundo grupo pero anhelo pasar al primero.

La tendencia actual es poder trabajar desde casa. El ahorro que supone no tener que invertir en un local o en tiempo -al evitar traslados, en ocasiones, largos y estresantes- lleva a más de uno a montar su hogar y su despacho en la misma casa. Esta dualidad hace que la frontera entre la vida doméstica y la vida profesional sea muy leve. Creo que conlleva más ventajas que inconvenientes. En estos supuestos es importante construir una mesa de trabajo que reúna  las mejores condiciones -comodidad, iluminación, conexiones eléctricas…- para que el resultado sea exitoso. Los muebles deben ser funcionales pero tienen que resultar atractivos para el usuario. Hay escritorios antiguos maravillosos de madera noble y mesas diáfanas y modernas de cristal. Lo importante es que las vivamos en primera persona, ya sea del singular o del plural.

Anuncios