Se acaba el mes y el día uno de septiembre mi hija me lee un tuit: “Parece que agosto fue ayer”. Y cuatro días más tarde sigue siendo verdad que cuando se acaban las vacaciones y volvemos a casa todo lo que ayer formaba nuestra vida cotidiana queda muy lejos: los horarios, la indumentaria, el paisaje, incluso las percepciones…Y al mirarnos en nuestro espejo nos reencontramos, un poco extrañados al principio, con la  imagen propia y el entorno del hogar de cada día. Lo habitual.

Nuestro hijo de ocho años, al que todos auguramos un futuro en el mundo del teatro, exclama ante la imagen de nuestra terraza: “¡Es el valle de la muerte!” y culpabiliza con saña a su hermana mayor por haber dejado a su suerte a las plantas que lucían radiantes antes de nuestra partida de vacaciones. Esa misma tarde constatamos que los arbustos que circundan un parque cercano tienen un aspecto desolador. El mes de agosto ha sido extremadamente caluroso y el riego insuficiente para muchos vegetales.

Así que dedico la primera hora de mi regreso al hogar a atender a esas enredaderas ahora escuálidas que se arrastran por el suelo con más de la mitad de sus hojas amarillas; a ese limonero que revive en nuevos brotes pero que decae en su parte más alta; a los geranios que pertenecieron a mi abuela y que han sobrevivido a cambios varios de ubicación. Barro con esmero el suelo, limpio la barandilla y froto los cercos de cal que se han formado en algunos maceteros de barro. Y riego con generosidad después de cortar y sacar toncos y hojas secas. Remuevo la tierra y dejo que el agua cale, que se empape la tierra más allá de la superficie. Y más agua que salpique las hojas, las libere de polvo y les devuelva su verde. Finalmente friego el suelo.

Recoloco algunas plantas. Hay unas pocas que se han ido de vacaciones conmigo. El tamaño reducido y su posible fragilidad son buenos argumentos para meterlas en el maletero del coche. Este año, dos margaritas y el esqueje de un geranio que me regaló mi amiga Carmen y que quería tener cerca para que arraigase bien. Ahora de vuelta también se incorpora una planta llamada del dinero -bienvenida en los tiempos que corren-, obsequio de una vecina de la montaña. Esta y la de Carmen han convivido juntas todo el mes de agosto y ahora las coloco también una junto a otra, segura de que se han acostumbrado una a la otra.

En casa las plantas recuerdan de qué mano llegaron, cuál fue el motivo, cómo han crecido con los años. Hay quien les pone música, quien les habla y la abuela de Mariona, de cinco años, cree que las pilas usadas insertadas en la tierra son una buena vitamina para revitalizarlas -la experiencia pseudocientífica no ha ido mal-. Las plantas de mi terraza están recuperando su rutina y yo las cuido convencida de que existen vínculos entre nosotras. Su gratitud se expresa con la hermosura que confieren a nuestra vista cuando se escapa por la ventana.

Enlace relacionado: Hablar con las plantas

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