El tiempo es oro. Tiempo que se nos escapa cuando lo necesitamos. Tiempo para trabajar más, dormir más, leer más, viajar más, estar con los nuestros, llamar a alguien, ir a comprar, hacer un recado pendiente, leer, pintar, pasear, hacer deporte… tiempo para disfrutar del tiempo sin la sensación de que estamos robando minutos a nada ni a nadie. Es posible. Los privilegiados que tenemos unos días de vacaciones estamos desde el minuto cero haciendo planes con ese tiempo de calidad, ajeno a los límites estrictos de los horarios de temporada. Así pues especulamos con lo que haremos todo ese tiempo de relajo y, casi siempre, se acaba el periodo vacacional y tenemos la sensación de que ha sido un suspiro.

Las cenas de verano entre amigos tienen algo especial y diferente. Una de las razones de su éxito radica en esa sensación de que tenemos todo el tiempo. Al día siguiente las obligaciones son impuestas y pueden ceder un espacio al sueño.

Mi pequeño manual para preparar un encuentro entre amigos:

-Convocar a un grupo de 6, 8 ó 10 personas -asequible para organizar sin ayuda- que se conozcan, o no, pero que sepamos de antemano que pueden congeniar; que existan temas de interés compartidos; afinidades laborales o lúdicas, y evitar siempre reuniones que puedan ser desagradables para alguien.

-Preguntar siempre si hay algún alimento que no puedan tomar o que no guste. Algunas combinaciones pueden ser complicadas. Recuerdo un grupo de invitados que entre todos no tomaban carne, pescado y marisco, huevo, patata y queso. Un buen reto para que agudicemos nuestro ingenio.

-Disponer un ambiente informal. Es habitual que a las mujeres nos guste arreglarnos para estas ocasiones y, en cambio, los hombres ni se planteen sacarse el pantalón corto. Que cada cual esté cómodo a su manera.

-Preparar la mesa con mimo. Que la vajilla y los cubiertos estén relucientes y bien dispuestos. Muchas veces, nos faltan cosas y detalles. No importa. Se pueden mezclar objetos y pedir ayuda a algún vecino. Durante el año recopilo servilletas de papel que me gustan y me las traigo a la montaña para estas ocasiones. Las hay con mensajes y decoraciones especiales. Esta temporada en Ikea encontré varios modelos florales muy bonitos.

-Me gusta adornar la mesa con detalles vegetales, flor fresca o articial o velas. Y busco siempre pequeños objetos (farolillos, maceteros, servilleteros…) que forman parte del atrezzo y que me gusta que se lleven los invitados al final de la velada.

-A la hora de sentar a los comensales no hace falta un protocolo estrico. En ocasiones, por cuestión de accesibilidad a la cocina, me pongo en un extremo. Intercalamos hombre y mujer, a veces las parejas juntas, otras no, pero nunca dos bloques separados por género.

-A los anfitriones nos toca estar atentos para que todo el mundo se sienta cómodo y no les falte de nada, también para propiciar que todos los invitados puedan hablar y participar en la conversación.

Las cenas de verano con este aire de informalidad y de tiempo regalado suelen ser recordadas todo el año. En casa respondemos al patrón mediterráneo donde se sube el tono de voz, se ríe a carcajadas y se bromea sobre casi todo. Las cenas de verano me tienen entretenida un par de días: quién vendrá, qué comida serviré, dónde iré a comprarla, cómo adornaré la mesa…y al final, de madrugada, al recoger los restos de la velada una inmensa sensación de satisfacción que, a veces, hasta me quita el sueño.

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