Hacemos en casa una especie de terapia familiar donde de forma espontánea surge el tema de las manías. Hay quien dice que “no puede con”…. algunos alimentos, algunas texturas, ciertos sabores…Uno de mis hijos me mira y me pregunta cuál es mi manía. Inocentemente respondo que no tengo manías, que me gusta casi todo. Entonces me mira y replica: “Tienes la manía del orden, reconócelo”. Y esa respuesta es secundada rápidamente por alguien más. No pretendo estar exenta de culpa, pero ¿es el orden una manía?.

Dice el diccionario que una manía es un trastorno mental y que no hay que confundir con estados obsesivos. Nosotros, en nuestra conversación casera, hablamos evidentemente de intolerancias personales, de cosas que no nos gustan y que preferimos evitar o que nos gustan mucho y anteponemos a cualquier cosa. En la red, el ejemplo que pone la definición de rasgos obsesivos es la limpieza y el orden. ¡Estoy perdida! La cosa se pone fea. Predico y he escrito en más de una ocasión que el orden y la limpieza deben ser los ejes que guíen el trabajo doméstico. Y ahora resulta que son el prototipo de una actitud negativa.

Me resisto, a pesar de todo, a connotar negativamente orden y limpieza. Cualquier cosa llevada al extremo pierde su cualidad pero ser ordenado es tan bueno -a mis ojos, quizá maníacos- como ser educado, tolerante, amable o respetuoso. ¿O no? Inmersa en un mundo adolescente, predicar el orden puede parecer una manía. He oído recientemente comentar a amigos muy cualificados que invierten tiempo en ordenar sus casas y que eso hace que sus vidas funcionen mejor. Y en su día, tras la publicación de Dulce Hogar, Lluís Permanyer, admirado periodista cronista de Barcelona, me resaltó que el orden permite que las cosas se limpien mejor. Una mesa ordenada facilita una limpieza rápida y eficaz. Debatíamos que es primero el orden o la limpieza. El huevo o la gallina. En el hogar, orden y limpieza van siempre de la mano. Tema para debatir, también en verano.

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