Hace mucho calor. En casa el sol nos da de pleno toda la tarde provocando un efecto invernadero que pone al rojo vivo los termómetros. Ya sabéis que antes de sucumbir al aire acondicionado hay que agotar todas las posibilidades (El aire acondicionado me va a matar). Con más razones este año de super ajustes económicos. No quiero sorpresas en la factura de electricidad por esa debilidad de accionar el mando. De momento. Así que ventanas abiertas de par en par. Al abrir nuestras casas para que circule el aire facilitamos que el sonido se propague. Y el sonido es un genérico que incluye audiciones agradables -las menos- y desagradables -la inmensa mayoría-.

Al despojar nuestras casas de alfombras, al subir las persianas, abrir ventanales, correr  cortinas…nos convertimos todos un poco en ventana indiscreta. Por la noche, desde el sofá, si tengo los toldos levantados, puedo “colarme” en casas ajenas y montarme la película de sus vidas. No me he entretenido demasiado y lo que suelo ver en una ojeda rápida son televisores encendidos, individuos en sus terrazas fumando un cigarrillo, niños correteando o gente cenando. Nada extraordinario hasta la fecha.

Pero, quieras o no, las voces, gritos, músicas, centrifugados de lavadoras, zumbidos de aires acondicionados, caídas de objetos, accidentes domésticos…adquieren presencia en nuestras vidas cotidianas con el sofoco del verano. Aquí es donde hay que aplicar la máxima: “mis derechos terminan donde empiezan los de los demás”. En casa intento que mis hijas no se pasen con la música, que la tele no esté demasiado alta y, especialmente, que no se nos oiga chillar como energúmenos. Se intenta. El calor, la convivencia a tiempo completo y el cruce de situaciones hace que más de una vez demos la nota. El verano nos expone y al ruido exterior de la circulación o las personas de la calle se añade el que emanamos de nuestros hogares. Por el bien de todos, que sea el mínimo.

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