Muchos pepes, paquitos, carlitos, pilis o luisitas vienen de casas donde se repiten los nombres de los progenitores y hay que buscar una manera de diferenciar al padre del hijo o a la madre de la hija. Hay nombres tradicionales en algunas casas que pasan de generación en generación como una señal de identidad y no hay quien se atreva a transgredir esa costumbre. Después surgen apodos que poco tienen que ver con el nombre original como bola, madera o besugo, que sólo pueden leerse en clave familiar, conociendo la peculiar anécdota que les da sentido. Hay además abreviaturas y sobrenombres que algunos adoptamos como identitarios. Así pasé a llamarme Mey en el colegio en lugar de María Mercedes, que ya me es completamente ajeno.

El tema está en la utilización de los nombres, apodos, diminutivos y demás versiones con las que nos dirigimos a los de la familia cuando los sacamos de casa. Al hablar, de pongamos tete -absolutamente correcto en el ámbito doméstico- a alguien externo, debemos hacer un esfuerzo para identificarlo con su nombre de pila, pongamos José. Esos nombres cariñosos en el ámbito del hogar pueden chirriar muy mucho fuera de casa. Algunas personas son tremendamente pudorosas con estas cuestiones. Y tienen claro esa doble vertiente de su nombre. Hay sitios donde no se puede decir. Alguna mirada asesina me he encontrado al presentar a alguien con su nombre no oficial. ¡No te pases! Ultimamente veo que a los animales se les ponen nombre humanos como Carla o Juan y, en cambio, algunos de nuestros apodos en otra época serían propios de una mascota.

También hay disparidad de criterios respecto a cómo se dirigen nuestros hijos a nosotros, los padres. Hay para todos los gustos, papá y mamá, papi y mami, padre y madre, diminutivos en otros idiomas y variaciones fonéticas dependiendo donde se ponga el acento. Es curioso que el que no se identifica con alguna variante la rechaza de pleno en su casa. Mi hija mayor hace tiempo que me llama por mi nombre. Me suena raro pero dice que si me llama mami ya no atiendo. Quizá tenga razón. El desgaste de oír una y mil veces resonar tu nombre hace que pierdas interés.

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