La cocina conlleva en sí misma una serie de elementos que tienen que ver con todo el proceso de cocción y conservación de los alimentos. También de almacenamiento de  los enseres relacionados con la comida. Hay, además, un par de objetos que se convierten en referentes domésticos. Se trata de una mesa y un reloj, que pasan a ser la mesa de cocina y el reloj de cocina. Tienen entidad propia porque su función es importante. No hablamos del tamaño, diseño o ubicación -mejor que sean funcionales y bonitos- sino de que estén.

Cuando era pequeña los relojes de cocina eran objetos de ferretería poco atractivos visualmente. Con los años, se embellecieron. Recuerdo que les regalé a mis padres uno de la tienda Vinçon (http://www.vincon.com/cocina/accesorios-de-cocina/relojes-pared.html) hace más de veinte años. Entonces resultó innovador y diferente. Aún lo conservan y funciona perfectamente. Es una esfera negra con fondo blanco y números de palo. Un diseño sencillo que no desentona. En la cocina de casa tenemos un reloj de pared con esfera metálica Aramis que me regaló mi cuñada Pilar. También encaja perfectamente con el estilo de la cocina. Mi amiga Isabel optó por instalar en su nueva cocina el de la fotografía. Queda genial.

El microondas marca en su pequeña pantalla los dígitos de las horas y minutos. Si te levantas por la noche y entras a oscuras en la cocina, te sitúa en el momento exacto en que has decidido ir a por agua, por ejemplo. Durante la jornada hay la opción de mirar el tiempo en el reloj de la pared o en el marcador del microondas. Mi tendencia es siempre a fijarme en el de esfera. Parece que visualizo mejor las franjas del tiempo, como porciones de queso. Meto un pastel en el horno y calculo dónde acabará la aguja para que esté listo. Me resulta más fácil recordarlo.

Me parece inconcebible cocinar sin un reloj a mano. Al cabo del día, cuántas miradas al tiempo que necesita la pasta, la verdura, el guiso de carne, el huevo pasado por agua o el bizcocho. Y el tiempo que tengo, me queda o me sobra -raramente- para preparar las cosas. Y cuántas ojeadas rápidas a ese reloj calculando cuánto tardará en llegar a comer A, B, C o alguna D ó E sorpresa. Por cierto, mi hija de 16 años manda un beso al aire en dirección al reloj digital cuando marca un número capicúa. Dice que da suerte. Según ella, lo más de lo más, es mandárselo a las 00:00. Me lo ha dicho tanto que cuando estoy sola y veo, por ejemplo que son las 14:14, envío un beso furtivo al micro. Aún no he disfrutado del hechizo de medianoche. Todo se andará.

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