Una de las señales inequívocas del paso del tiempo es comprobar las pequeñas y grandes revoluciones que se han producido en nuestras vidas cotidianas. Nuestro pediatra, Dr Valls, era un hombre entrañable que pasaba consulta a domicilio a primerísima hora de la mañana. Al que tenía anginas le recomendaba tomar helado. Era fantástico para el afectado porque el helado era un postre extraordinario en mi infancia y exclusivo del verano. Eran los tiempos de los Frigo y de los Camy. También de las heladerías Jijonenca con sus corte de helado servido entre dos galletas cuadradas.

Ya pasó, como dírían mis hijas. El helado está en nuestros congeladores los 365 días del año, en tarrinas rectangulares o en botes de medio litro. Y esa imagen tan peliculera de abrir la nevera, coger un bote de helado y dejarse caer en el sofá cuchara en mano para darse un atracón, ya puede vivirse en directo en nuestras casas. Llegaron las grandas marcas tipo Häagen Dazs, las de aquí como Farggi y, después, las blancas que comercializan los supermercados. Tener helado no es un lujo. En casa es habitual que sea el postre del domingo acompañado de un bizcocho casero. Y como en la variedad está el gusto, no todos coincidimos en nuestras preferencias. Así que siempre compramos de chocolate, yogur y dulce de leche, que son los que triunfan.

De nuevo de la mano de mi amiga MariCarmen -que nos descubrió las infusiones Kusmi Tea– disfrutamos de una exquisitez: los helados Sandro Desii. Auténticos productos gourmet. Constituyen la aportación perfecta para una cena. Se saborean pausadamente para descubrir sus esencias. Hay variedades increíbles como turrón de avellanas de Agramunt, crema helada de piñón real o sobao pasiego con Orujo de Liébana. Su envase negro y cuadrado está diseñado para aguantar dos horas fuera del congelador. Desii se fabrica en Esparraguera (Barcelona) y ofrece también pasta seca, fresca y condimentos. Sus productos son una maravilla: ww.sandrodesii.com.

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