Mi hijo de siete años me alerta con gran revuelo que el porche de casa está atestado de hormigas. Yo, que adoro los placeres del campo, pero que soy urbanita como el asfalto, le digo que no pasa nada, que están en su hábitat natural. Solo faltaría que intenteramos evitar que esos animalitos en miniatura pudieran campar a sus anchas por el césped. Además, tengo grabada desde pequeña la imagen, tumbada al sol en una toalla, y con la mirada a ras de suelo de hileras de hormigas que transportaban en cadena pequeñas migas de pan hasta llevárlas a su guarida. Ese trabajo de hormiguita me parece un modelo a seguir. Un buen ejemplo para hablar de la cultura del esfuerzo.

Una vecina que tiene huerto me alegra estos días de vacaciones con sus acelgas, calabacines, zanahorias o judías verdes. Mis hijos me reprochan que sea tan efusiva en los agradecimientos porque así ella espaciaría en el tiempo sus regalos. Y, entonces, servidora cocinaría otras cosas menos naturales. Le digo a mi vecina que no tiene precio comer producto fresco, recién cogido de la tierra. Ella -me comenta- que cultivan el huerto como un entretenimiento pero que están saturados de esos productos.

Por la noche ahuyentamos mosquitos e insectos voladores que vienen a revolotear por nuestras lámparas y nos incordian para ver la tele. Un niño de la comunidad atrapa una pequeña largatija. Me cuentan que le dan pelotazos y me indigno en defensa del reptil. Pero, en seguida, me aclaran que se trata de un aperitivo que lleva ese nombre. Nos reímos y me imagino los ojos de ese animal ante semejante cosa para comer.

En casa pasa unos días un amigo de uno de mis hijos. Nos relata las aventuras que vivieron hace unos días cuando un pequeño murciélago se coló en su casa. Una prima pequeña lloraba aterrorizada temiéndose quedar sin cabellera, otros se encerraban o buscaban acabar con él a escobazos. Pobre animal, por poco agraciado que sea, venimos los de la ciudad a alterar sus vidas. Lo digo tranquilamente sentada frente a la pantalla. No hay ni una mosca incordiante. Tengo claro lo que pertenece al mundo del campo y lo que pertenece al de la ciudad. Pero si aparece un arácnido en mi bañera, salgo de un salto y soy incapaz de ducharme sin pedir ayuda.

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