Tengo en la cómoda de mi habitación un cuenco de cristal con rosas secas. Las fui colocando ahí como recuerdo de algún acontecimiento especialmente señalado: los funerales de mis abuelos, un regalo, una de Sant Jordi…La mayoría eran rojas, ahora granates con los bordes ennegrecidos por el paso del tiempo, pero también hay una que fue amarilla e, incluso, una azul. Han pasado los años y ahora, de pronto, al tocarlas se caen las hojas algo polvorientas y no puedo recordar a qué hecho correspondía cada una. Los motivos por los que las puse ahí se han entremezclado y al ver las flores marchitas me pregunto si ya han hecho su ciclo en esta casa.

¿Tiene sentido conservar cosas que en su día decidimos guardar por una causa que ahora no recordamos? Creo que no. Siempre triunfa mi afán por reubicar las cosas y “esponjar” los espacios. Es una necesidad vital. Nuestra casa no crece. Nuestros hijos, sí. También el tamaño de su ropa y sus pertenencias. Nuestro hijo de trece años ha crecido tanto y tan rápido que parece que sus piernas y sus zapatillas estén en varios sitios a la vez. Y busco espacios libres. Resurge de nuevo el debate entre guardar y tirar; conservar físicamente para refrescar la memoria (?).

¿Qué criterio deberíamos aplicar para establecer un orden coherente? Defiendo que la sensación de hogar implica que cada uno de los miembros de la familia sienta como propio algún espacio -estante, cajones, cuadros, fotos, sillón…-. Por tanto, conviven criterios variados que no siempre son armónicos. Algunos se exceden en el atesoraniento de materiales que no evocan nada y, para compensar, otros -de forma espontánea- nos volvemos unos “desalmados”. En momentos de cambio de armarios, de revisión de papeles, de clasificación de álbumenes y libros… salen a la luz prendas y objetos que seguirán en casa o desaparecán para siempre. Parecen decisiones caprichosas pero no lo son. Aún no me he desprendido de las rosas secas.

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