Me cuenta mi amiga Nana que está viviendo de lleno el síndrome del nido. Aquel que está relacionado con la llegada de un bebé a casa y el deseo de que todo esté preparado e impecable para recibirlo. Mi amiga no está embarazada. Ya tiene cuatro hijas pero se muda de casa y de ciudad. Entiendo que “padezca” el síndrome. Está obligada a vaciar su vivienda y a empaquetar su hogar para implantarlo en otro lugar. Comentamos que, sin duda, es una situación de estrés pero también una excelente ocasión para poner al día los armarios y para hacer limpiezas radicales y quedarse con lo que realmente necesitamos. Lourdes también se cambia de casa esta semana. Lo hizo por última vez hace tres años. Esa proximidad del último traslado hace que se plantee el trance con más calma. Tiene claro que lo que tiene en su casa ya pasó una criba importante en la anterior mudanza. Lo tiene más fácil.

Se habla del síndrome del nido vacío para señalar aquel desánimo que sufren algunas personas -madres, en la mayoría de los casos-cuando sus hijos se hacen mayores y se independizan. Entre el síndrome del nido y el del nido vacío hay una multiplicidad de situaciones que podrían también podrían tipificarse. Nuestros hijos crecen. Uno sale y en su lugar aparece otros con sus amigos. Así vivimos una situación de nido constantemente activo aunque cambien los actores.

Cuando llega esta época del año se me despierta un estado que podríamos llamar síndrome de “me voy pero volveré”. ¿En qué consiste? En un impulso tipo nido de poner orden y concierto en la casa. Cuando las libretas usadas, los estuches gastados, los libros usados y demás material del colegio invade las mesas; cuando los complementos de casa como cojines o plaids se hacen innecesarios; cuando convivimos todos más horas en casa y por tanto nos repartimos el espacio, necesito hacer grandes cruzadas y tener la sensación de vacío. Hubo una épca que cuando me iba en veano tapaba muebles y sofás como si cerrrara la gran mansión. Ahora con la movilidad familiar es impensable. Pero lanzo el mensaje de que me voy dejando todo en óptimas condiciones y, esencialmente, que volveré. Suena a amenaza pero no lo es. Solo me descansa pensar que todo estará en orden a la vuelta.

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