Tendría una casa con un balcón a rebosar de plantas y flores en grandes macetas de cerámica y, si tuviera mucha suerte, disfrutaría de una entrada con patio que calma al más estresado nada más cruzar la puerta de la calle. El aroma de mi hogar sería definitavemente el de la hoja del naranjo.

Me pasaría el día en el Mercado de la Encarnación comprando verdura y fruta fresca, pescado a precios increíbles (la palangre no llega a los 6 euros) o carne de toro de la Maestranza para estofar (a 5 euros el kg). Y podría perder la mañana frente a la parada 27, la de Rafael Villa, vendedor de jamones de cuarta generación, recio sevillano, aplomado y trabajador. Su destreza con el cuchillo es un espectáculo. Vende jamón gran paleta de Jabugo a 60 euros. Impresionante. Un jamón maravilloso.

Debería esconder las aceitunas para que a mi hijo pequeño no le sentaran mal. Su tamaño es gigantesco y su sabor muy especial. Comeríamos picos y regañá en todas las comidas -Mercadona nos facilita las cosas con su oferta en toda España-. Cocinaría mucho más a menudo ensaladilla “de la casa” -como dicen allí-: patata hervida con piel el día anterior, pelada y laminada a la que se le añade zanahoria rallada, huevo duro picado, atún y mayonesa. A veces también colas de gamba. Imponente.

Evitaría pasar en exceso por La  Campana (www.confiterialacampana.com/hom.hmtl), la pastelería más antigua de la ciudad. Un paraíso del tipo Charlie y la fábrica de chocolate. Un espectáculo de dulces, colores y glaseados que dan al traste con cualquier intento de autocontrol. Allí los merengues en rosa, las yemas, los troncos de trufa y un largo etcétera alegran la vida a más de uno.

Saldríamos con más fecuencia de noche. Tomaríamos una tapa de pringá (elaborada con carne de cocido), unas ortigillas o unas puntillas en sitios tan auténticos cono El Rinconcillo (c. Gerona, 40) y cogollos con huevos en Rio Grande (c. Betis s/n) junto al Guadalquivir. Para acabar en la terraza del Hotel EME, extasiados frente a la catedral y la Giralda iluminadas.

Mi armario estaría lleno de colores impensables y no hablemos del calzado y de los complementos. Más impensables.

Si viviera en Sevilla nuestra casa sería diferente porque el clima, las costumbres y las tradiciones traspasan las paredes. Y los hogares se construyen allí donde estás. Y Sevilla, Sevilla, Sevilla…tiene un color especial.

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