Un estudio de la Universidad de Illinois en Estados Unidos, recogido en un reportaje de La Vanguardia (26/05/11), señala los beneficos de los niños y jóvenes que comen un mínimo de tres comidas a la semana en familia. El estudio, realizado en 6 países diferentes, recalca que a más comidas compartidas en familia, más se incrementan las posibilidades de que los hijos aprendan a comer sano y saludable. Esta comida familiar -contempla que haya uno de los dos progenitores- disminuirá el riesgo de sobrepeso, de dietas desequilibradas y de transtornos alimentarios. Las comidas en casa aumentan (24%) el consumo de verduras, frutas y hortalizas.

En el mismo reportaje, el director de la Fundación Alicia, comenta un punto en el que coincido plenamente: la importancia de la mesa de la cocina. En mis dos libros, resalto el papel de referente de esa mesa. No importa cuán grande sea la cocina o la mesa. Hay muchas combinaciones posibles. Pero esa mesa es un lugar de encuentro. Siempre que me reúno con mis amigas del colegio nos metemos en la cocina de la casa de turno a ponernos al día. Cuando nos trasladamos de casa, renuncié a una habitación para poder tener una mesa en el centro de la cocina donde pudiéramos comer todos los de casa. Transcurridos seis años, el éxito ha sido rotundo.

Nuestras casas nos proporcionan calidad de vida. Y comer bien, compartir, hablar, dialogar o discutir en torno a una mesa es uno de esos beneficios físicos y psíquicos. Lo recomienda también la escritora y orientadora familiar Victòria Cardona en su nuevo libro Un extraño en casa (Viceversa), en el que aborda las relaciones con nuestros hijos adolescentes: “Muchos pensamos que sentarse a la mesa juntos para comer es un elemento de cohesión familiar y social y, al mismo tiempo, un buen elemento educativo”.

La crisis económica nos lleva también a redescubrir los encuentros en casa y en torno a una mesa. Son muchos los recuerdos que se forjan en las comidas familiares. El hogar se hace también comiendo.

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