Cada miembro de la familia tiene su cepillo de dientes. Es muy importante que uno se identifique plenamente con el suyo para evitar confusiones. En casa tenemos asignado un color. Cuando hay renovación de cepillos cada miembro sigue siempre con el mismo color. Inculcamos a nuestros hijos que deben cepillarse los dientes desde pequeños para conservar en buenas condiciones su dentadura. Es uno de esos rituales que cumplen a rajatabla cuando empiezan a hacerlo -por la novedad y esa sensación de hacer cosas de mayores- pero que unos años más tarde hay que recordar con insistencia, cuando uno observa un cepillo excesivamente seco.

El cepillo de dientes va asociado a la pasta. Los más pequeños optan por tubos con dibujos infantiles y sabores de fresa. Lo habitual es que varios cepillos compartan recipiente. Por ese motivo hay que ser muy cuidadosos con su higiene. Hay que aclararlos bien. Algunos -no diré quién- ponen tanta pasta que acaban apelmazando las cerdas. El recipiente suele acumular restos de agua en el fondo por lo que hay que lavarlo a menudo y repasar el mango de todos los cepillos para que no se ensucien. En el baño como en la cocina hay que ser especialmente escrupulosos con la limpieza.

Los especialistas recomiendan renovar cada tres meses el cepillo de dientes. Los supermercados venden paquetes de dos o tres unidades con distintos grados de dureza. A mí me funcionan los de Mercadona. Tienen buen precio y colores varios para toda la familia. Hay algunas personas que aprietan el tubo de la pasta de dientes por donde les parece. Venden unas pinzas para ir avanzando desde el final y no malgastarla. También hay que repasar con un poco de papel el inicio del tubo para que cierre bien y no queden restos secos, que impiden que el dentrífico salga correctamente. Lo mismo ocurre con las pastas más líquidas que van en formato botellín.

Va bien guardar un cepillo de dientes viejo o esos que ponen en los hoteles. Es un buen aliado para limpiar cosas poco habituales, de díficil acceso como los tapones extraíbles de los lavamanos, los filtros de los secadores de pelo, las esquinas de duchas y bañeras, las rendijas de ventilación de la cocina…Es una segunda vida para el cepillo que acabará en la basura después de una larga trayectoria dedicada a la limpieza.

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