No sé porqué o sí lo sé -siempre estoy observando en clave de hogar-el otro día al hacer la  lista de la compra me vino a la cabeza el famosos osito de Mimosin, que nos remite al suavizante de la ropa. Siguiendo es esa línea de pensamiento, aparece en mi mente el perro de Scottex revoloteando por la casa envuelto en papel higiénico. Es tan mono que a nadie le importaría tener uno así pese al caos que provoca. Y el borreguito de Norit, un clásico de nuestra infancia. Y entonces me pregunto esta tendencia a usar los animales como reclamo de suavidad, mimo y buen olor. ¿Las imágenes de esos animales conectan en nuestro cerebro con los sensores de cuidado del hogar?. Yo no tendría a ninguna de esas especies en mi casa por idílicas que aparezcan en los spots. Por eso me maravilla el poder de la publicidad.

Cuando hemos querido pasar del género animal a las personas, el resultado ha sido menos acertado. El mayordomo de la prueba del algodón de Don Limpio no es precisamente un ser encantador. Entonces hay que buscar la superación de la especie y aparece lo extraordinario: el primo de Zumosol -que rompe la escala normal- o George Clooney con Nespresso. 

Existe también el recurso de la fantasía, que durante un tiempo hizo creer a mi hijo pequeño que las bacterias del inodoro tenían cara y ojos. Así aparecen patos o seres animados que se cuelan en nuestras tuberías para acabar con todo. Sigue siendo muy resultón el efecto presentación de un baño o cocina muy sucia que con una pasada de producto se convierte es un espejo del que saltan estrellas de resplandor. Limpieza absoluta. Eso atrapa. No tanto las cosas fuera de contexto como sumergir una moneda usada y oxidada en un detergente y que reluzca como salida del Banco de España. No me interesa para la casa.

Los anuncios de productos para la casa son realmente efectivos al probarlos uno mismo pero algunos consiguen previamente generar un aureola de calidez, aroma y limpieza que conecta directamente con nuestra idea de hogar. Están muy bien pensados.

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