La patata es ese tubérculo tan utilizado que trajeron a Europa los conquistadores españoles y que se extendió rápidamente.  Ha sido y es un producto básico para la alimentación de muchas comunidades a través de los tiempos. Y esa sensación de que con unos kilos de patatas en casa podemos sobrevivir en situaciones extremas está arraigada en nuestras conciencias. Siempre compramos patatas. Y cuántas veces las compramos al azar en función de la bolsa que nos convenga en ese momento -de 3, 5 ó 10 kg-. Y cuántas veces la compramos a granel en la frutería y preguntamos una y otra vez qué tipo de patata es mejor: la blanca o la roja. Y entonces nos devuelven la pregunta de para qué la queremos: para freír o para hervir. Ese cuestionario es un ritual. Después solemos comprar un solo tipo y la usamos para todo.

Pero uno de los pocos patateros que quedan en Barcelona, nos explica que no llegan a diez las personas que venden solo patatas en los mercados de la ciudad. Saben mucho de patatas y de qué en determinados barrios si el precio supera el euro cuesta más venderlas. Ignorante, pregunto cuál es la temporada de este tubérculo, ya que siempre hay una buena oferta. Me señala que la temporada dura de septiembre a enero pero que encontramos todo el año porque aparece la patata denominada nueva que se cultiva para no dejar un vacío en el mercado. Ocurre lo mismo con las cebollas. La variedad de Figueres se acaba, las que quedan son antiguas. Ahora surge la blanca, y la apreciada Fuentes de Ebro, dulce y gustosa, que empieza a venderse en julio.

La patata nueva contiene más agua que la vieja y es má ligera. Es curioso pero cuando en una casa se compra un tipo de patata y un tipo de cebolla, dificilmente nos salimos del guión. Al hablar con el patatero me entran ganas de comprar varias y etiquetarlas para disfrutar de las variedades. Comenta el experto que la patata que es amarilla no es buena ni para hervir ni para freír; y que las patatas del país vecino, Francia, tienen fama pero son insípidas. La patata, rica en hidratos de carbono, vitamina C y minerales, tiene múltiples aplicaciones en la cocina. Ahora que se acerca el calor, la patata hervida y troceada nos sirve como base de una ensalada con tomate, atún, aceitunas y huevo duro. Muy refrescante.

Recuerdo que en una excursión a la zona de Olot nos recomendaron una patata de la zona, la  Bufet, muy valoradas en determinadas zonas agrícolas, de producción limitada y muy valorada en gastronomía. Su apariencia poco tersa y terrosa nos recuerda que sale del campo. Nos hemos acostumbrado a las patatas de piel tersa y brillante, que no manchan las manos.  Entre las blancas las más conocidas son las Kennebec -para fríe- y Monalisa -para todo uso-. De las rojas, denominadas así por su piel de color más morada, destaca  la red Pontiac, adecuada para cocer.

Y hablar de patatas nos lleva a la tortilla de patatas, a las bravas y a unas maravillosas patatas fritas. Aquí os dejo un enlace para conseguir unas muy crujientes: http://www.gastronomiaycia.com/2009/05/29/como-hacer-patatas-fritas-crujientes/

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