Cuando uno está en casa, siente que se encuentra en su coto privado. Esa privacidad tiene diversas caras. No es lo mismo estar en casa trabajando, que preparando una cena o postrado en el sofá con un gripazo. Dependiendo de la situación personal, las actuaciones de los demás –léase vecinos, coches en la calle, aparatos de aire acondicionado…- se viven de una u otra manera.

Existen unas normas escritas -o no- que contemplan que hay que respetar el descanso de los demás. A partir de las diez de la noche hasta las ocho de la mañana no es de recibo alterar la paz con actuaciones estrepitosas como taladrar, poner música muy alta o activar el centrifugado de la lavadora. Estos gestos pueden provocar mucha crispación en quien los padece si se producen de forma continuada.

En algunas viviendas la insonorización entre pisos es inexistente. Uno se entera de cuando tose, ronca, se ducha o ve la televisión el vecino. Otra cuestión es la de las obras. Inevitablemente provocan molestias a los demás. Es pesado y torturante para las personas que pasan muchas horas en casa pero tendrán un fin. Hay que ser comprensivos, siempre que se respeten los horarios. Algún día las haremos nosotros. Y realmente se viven de manera muy diferente cuando eres el promotor o el sufrido espectador.

Publicaba La Vanguardia (6 de marzo 2011, pág 38) que en Alemania la ley que protege a los ciudadanos de diversos efectos medioambientales dañinos ha eliminado el llanto de un bebé o el bullicio de unos pequeños jugando del listado de causas perjudiciales. Menos mal. Hay cosas de sentido común. Que un bebé llore es normal. Ya crecerá. Que unos niños jueguen es necesario. Muchos padres nos preocupamos por el buen comportamiento de nuestros hijos. Por eso, estamos constantemente, señalando los límites de lo que está bien y de lo que está mal. Es tremendo que algunos adultos –que aunque les pese fueran niños- equiparen el movimiento infantil al zumbido de una máquina en la calle o al impacto del rock duro a todo volumen. No pueden molestarnos los mismos ruidos. Hay que educar en la convivencia y en el respeto a los demás. A mí me enseñaron aquello de que “mis derechos acaban donde empiezan los de los demás”.

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