La llegada del buen tiempo desata la euforia de las dietas. En muchas casas, hay alguien que está haciendo régimen. En la mayoría de los casos, no hablamos de gente enferma o con obesidad sino de personas que quieren mejorar su imagen. Y el canon imperante tiende a la delgadez. Nuestra sociedad opulenta y del primer mundo hace dieta.

En otro capítulo se encuentra la nueva bibliografía sobre dietas que apelan a cuestiones de salud. Me interesa mucho el tema. Así que me leo el libro de Loren Cordain, La dieta paleolítica (Urano), y el de su dícipulo Robb Wolf, La dieta Paleo (Cúpula). Cordain recoge sus investigaciones en nutrición y dietética y las de muchos otros colegas que postulan que la dieta de la edad de Piedra es la natural para el ser humano. Los avances agrícolas y de manipulación de los alimentos han introducido elementos negativos para nuestro organismo, postula. Wolf está en la misma línea y aporta más tipos de menús como ejemplo. Esta dieta, que triunfa entre deportistas, promete al que la siga pérdida de peso y parámetros corporales saludables. Podemos resumir sus postulados en siete puntos:

– Comer proteínas de origen animal

– Eliminar la ingesta de carbohidartos procedentes de cereales, túberculos feculentos o azúcares refinados. Obtenerlos de la fruta

– Consumir fibra a través de frutas y verduras no feculentas

– Consumir grasas de forma moderadas. Apostar por las mono y polinsaturadas

– Consumir alimentos con portasio y bajos en sodio

– Comer alimentos que tengan una buena carga alcalina

– Comer alimentos que nos aporten sustancias fitoquímicas, vitaminas, minerales y antioxidantes

Me leo también La Biblia contra el cáncer (Temas de Hoy), de David Khayat, jefe de oncología del Hospital de la Pitié-Salpêtrière en Francia. El experto nos muestra extensas tablas de alimentos y su valoración respecto al cáncer; cuáles son beneficiosos para el organismo y cuáles pueden ser estimulantes de la enfermedad.  Define cinco reglas de oro vitales. Son:

– No fumar

– Diversificar la alimentación

– Diversificar los modos de preparación

– Consumir prioritariamente productos de la tierra

– Adaptar el balance enérgetico (es decir, menos calorías, más actividad física)

Aquí hay coincidencias y discrepancias con el Anti-Cáncer (Espasa) de Servan-Schreiber. Consenso en lo beneficioso de las verduras, del té verde, de especias como la cúrcuma, de la soja, los tomates o la granada, pero matices en los momentos del día en que son más beneficiosos. La carne roja defenestrada por Servan-Schreiber no lo es por Khayat. Y el pescado, pues depende del tamaño y de la especie. Tampoco hay consenso en el tema de los lácteos. Khayat señala que no todo el mundo debe comer lo mismo y presenta diferentes ejemplos según el género, la edad o la etapa hormonal. Es menos taxativo en las prohibiciones. Para aquellos que sufren cáncer o que han pasado por él, la alimentación se convierte en un tema de primer orden.  ¿A quién hacer caso?

Podríamos decir que existen unas pocas pautas de sentido común alimentario: productos fresco de buena calidad, una dieta rica en verduras y frutas y no abusar de las grasas. Pero cada persona tiene unas rutinas, un metabolismo, unas intolerancias -conocidas o intuidas- que le llevan a saber qué alimentos le favorecen y cuáles no. Los libros divulgativos del cardiólogo Valentí Fuster van en esta línea: inculcar desde la infancia una alimentación sana, variada y equilibrada. Sin duda, un buen patrimonio para nuestros hijos.

Enlace relacionado: Dieta anti-cáncer I

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