“Durante años, hice memoria muchas veces, intenté reconstruir, balda por balda, las últimas provisiones de aquella despensa, apunté en muchos papeles los ingredientes, las proporciones y los condimentos de aquel guiso en el que puse todo lo que tenía a mano, pero también, seguramente, lo que había dentro de mí. Ese debió ser el secreto, porque volví a hacer muchos estofados con carne de cerdo, y tomates, y pimientos, y cebollas, y zanahorias, y alcachofas, y guisantes, y patatas, y aceite, y vino, y sal, y pimienta, y laurel, perejil, romero, pan frito a un lado y huevos escalfados por encima, pero ninguno me salió como aquel, porque nunca los hice con tanto amor, con tanta desesperación al mismo tiempo. Tampoco volví a cocinar jamás con tanta rabia”. Así habla Inés, la protagonista de la última novela de Almudena Grandes, Inés y la alegría (Tusquets), una de mis escritoras preferidas.

Muchos de nosotros tenemos un plato estrella, uno que nos gusta hacer cuando vienen invitados o un guiso casero -como el estofado de Inés- que gusta mucho en casa. Y, aunque siempre pongamos lo mismo, hay días que está mejor que otros. Nuestro estado de ánimo es un ingrediente más en la cocina. Cuando hacemos las cosas con entusiasmo, pasión, cariño y dedicación, se nota en el resultado final. La relación de las personas con la cocina es variada. Hay quien cocina por necesidad, quien lo hace por obligación, quien lo tiene por hobby o desfogue, incluso, como terapia. También quien dice no tener interés o aptitudes y delega esa actividad.

La cocina es un campo de trabajo muy interesante. Tradicionalmente ha estado ligada a las mujeres. La vida doméstica nos ha incumbido durante mucho tiempo casi en exclusiva. Quizá ahí radica la contradicción de que la mayoría de los grandes cocineros sean hombres. Hay excepciones, como la de mi tocaya Mey Hoffmann. Es un tema de reflexión. Cocinar solo o en compañía es una experiencia que hay que vivir y, por encima de todo, compartir.

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